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Jueves,09 de Septiembre de 2010
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Inicio Ediciones Edición 115 Reunir a su militancia en un programa concreto. Algunas ideas sobre organización*

Reunir a su militancia en un programa concreto. Algunas ideas sobre organización*

El programa político debe ser elemento aglutinador y unificador por excelencia y es lo que debe dar coherencia a su accionar político. La aceptación o no aceptación del programa debe ser la línea divisoria entre los que están dentro de la organización y los que se excluyen de ella: sea esta una instancia política de izquierda o un frente político de carácter más amplio. Puede haber divergencia en muchas cosas, pero debe existir consenso en las cuestiones programáticas.

 

Mucho se habla de la unidad de izquierda. Sin duda ésta es fundamental para avanzar, pero se trata de unidad para la lucha, de unidad para resistir, de unidad para transformar.

 

No se trata de una mera unidad de siglas de izquierda, por que entre esas siglas puede haber quienes hayan llegado al convencimiento que no queda otra cosa que adaptarse al régimen vigente y si es así restarán fuerzas en lugar de sumar.

 

No hay que olvidar que hay sumas que suman, sumas que restan –éste sería el caso recién mencionado–, y sumas que multiplican. El más claro ejemplo de este tipo de suma es el Frente Amplio de Uruguay, coalición política que reúne a todos los partidos de la izquierda uruguaya y cuya militancia rebasa ampliamente la militancia que adhiere a uno de los partidos que lo conforman. Ese gesto unitario de la izquierda logró convocar a una gran cantidad de personas que anteriormente no militaban en ninguno de los partidos que conformaron dicha coalición y que hoy militan en los Comités de Base del Frente Amplio. Los militantes frenteamplistas sin bandera partidista constituyen dos tercios del frente y la militancia partidista el tercio restante.

 

[…]

 

Abandono de

los métodos autoritarios

 

Del centralismo burocrático

al centralismo democrático

 

Los partidos de izquierda fueron durante mucho tiempo muy autoritarios. Lo que se practicaba habitualmente no era el centralismo democrático, sino el centralismo burocrático muy influido por las experiencias del socialismo del Este; no la aplicación de una línea general de acción discutida previamente por todos los miembros y acordada por la mayoría, sino una línea de acción decidida por la cúpula partidaria, sin conocimiento ni debate con la militancia, limitándose ésta a acatar órdenes que nunca discutía y muchas veces no comprendía.

 

Por otro lado, la necesaria disciplina y las dificultades para hacer consultas democráticas en los períodos de clandestinidad, junto a la posterior actuación en situaciones de guerra, hizo que muchos partidos y organizaciones político – militares aplicaran métodos centralistas a la conducción política, olvidando que para consolidar un movimiento de masas realmente revolucionario es fundamental ganar las conciencias y los corazones de la gente.

 

Pero al luchar contra esa desviación centralista burocrática se debe evitar caer en desviaciones de ultrademocratismo, que llevan a que se gaste más tiempo en discutir que en actuar, por que todo, aún lo innecesario, se somete a discusiones que muchas veces esterilizan toda acción concreta.

 

Al criticar la desviación burocrático del centralismo, se ha tendido en estos últimos tiempos a rechazar todo tipo de centralismo. Esto se refleja, por ejemplo, en el siguiente texto de Inmanuel Wallerstein (1996, pp. 247 – 248): “lo que las fuerzas antisistémicas deberían hacer […] es concentrarse en la expansión de grupos sociales de todo tipo a todo nivel de la comunidad, y su agrupamiento[…] en niveles más altos en forma no unificada[…]. El error fundamental de las fuerzas antisistémicas en la era anterior fue creer que la estructura era más eficaz cuanto más unificada […]. El centralismo democrático es exactamente lo opuesto de lo que hace falta. La base de la solidaridad […] debe ser más sutil, más flexible y más orgánica. La familia de las fuerzas antisistémicas debe moverse a muchas velocidades en una constante reformulación de sus prioridades tácticas.

 

Una familia coherente y no unificada de ese tipo sólo puede ser posible si cada uno de los grupos que la forma es en sí una estructura compleja e internamente democrática. Y esto sólo es posible sí en el nivel colectivo reconocemos que no hay prioridades estratégicas en la lucha […]. La batalla por la transformación solo se puede librar en muchos frentes al mismo tiempo.

 

Wallerstein cuestiona en estos párrafos la necesidad de unificar las fuerzas opositoras y como consecuencia de ello la utilización del centralismo democrático.

 

Personalmente no veo como se puede concebir una acción política y exitosa si no se logra una acción unificada y para ello no creo que exista otro método que éste, salvo que se decida actuar por consenso, método aparentemente más democrático porque busca el acuerdo de todos, pero que en la práctica a veces es mucho más antidemocrático, por que otorga derecho de veto a una minoría: al extremo que una sola persona puede impedir que se lleguen a implementar acuerdos con apoyo inmensamente mayoritario.

Por otra parte, la complejidad de los problemas, la amplitud de la organización y los tiempos de la política que obligan a tomar decisiones rápidas en determinadas coyunturas hacen casi imposible la utilización de la vía del consenso, aunque se descarte su uso manipulador.

 

No hay entonces eficacia política sin conducción unificada que defina las acciones a realizar en los distintos momentos de la lucha. Esta conducción única se hace posible, porque ella refleja una línea general de acción que ha sido discutida por todos los miembros y acordada por la mayoría. Aquellos cuyas posiciones han quedado en minoría deben someterse en la acción a la línea que triunfa, desarrollando junto a los demás miembros las tareas que se desprenden de ella.

 

Ahora bien, para poner en práctica esta línea general, es necesario definir las acciones concretas que tienen que realizar los militantes. Para lograr esta definición es preciso que se dé una discusión amplia, donde todos opinen y que finalmente se adopten acuerdos que todos deben cumplir. Para lograr una acción coordinada, los organismos inferiores deben tomar en cuenta en sus decisiones las indicaciones que hagan los organismos superiores. Una instancia política que pretende seriamente luchar por transformar la sociedad no puede darse el lujo de tener en su seno elementos indisciplinados que rompan la unidad de acción, sin la cual no hay acción eficaz posible.

 

Esta combinación de dirección central única y discusión democrática en los distintos niveles de la organización es lo que se llama centralismo democrático. Se trata de una combinación dialéctica: en períodos políticos complicados de auge revolucionario o de guerra, se debe acentuar el polo centralista; en períodos de calma, donde el ritmo de los acontecimientos es más lento debe acentuarse el polo democrático.

 

Una correcta combinación del centralismo y la democracia debe estimular la iniciativa de los dirigentes y de los militantes. Sólo la acción creadora en todos los niveles del partido es capaz de asegurar el triunfo de la lucha de clases. En la práctica esta iniciativa se manifiesta en energía creadora, en sentido de responsabilidad, en orden en el trabajo, en coraje y actitud para resolver problemas, para expresar opiniones, para criticar defectos, así como en el control ejercido con esmero de camarada sobre los organismos superiores.

 

Si esto no es así el partido como organización dejaría de tener sentido al no cumplir con el principio de la democracia interna. Una vida democrática insuficiente impide desplegar toda la iniciativa creadora de los militantes, con la consiguiente baja de su rendimiento político.

 

Corrientes

de opinión o tendencias

 

Por otra parte, pienso que no es malo sino deseable que se reconozca y legalice la existencia, dentro de una misma organización política, de diversas corrientes de opinión. Comparto con Tarso Genro, ex alcalde Porto Alegre, Brasil, la idea de que ello permite que dentro de una misma organización se expresen las distintas sensibilidades políticas de la militancia. Por otra parte, pienso que el agrupamiento de la militancia en torno a determinadas tesis puede contribuir a profundizar el pensamiento de la organización.

 

Lo que hay que evitar es que estas tendencias se conviertan en agrupamientos estancos, en fracciones, en verdaderos partidos dentro del partido y que los debates teóricos sean el pretexto para imponer correlaciones de fuerzas que nada tienen que ver con las tesis que se debate. Por otra parte, si de lo que se trata es de democratizar el debate, lo lógico sería que no hubiese tendencias permanentes, o que, al menos en algunos temas, especialmente en temas nuevos, las personas pudiesen reagruparse de diferente manera. No siempre, por ejemplo, tendrían que coincidir en un mismo agrupamiento las personas que tienen una determinada posición frente al papel del Estado en la economía, con las que tienen una determinada posición respecto a la forma en que el partido debe estimular la participación política de la mujer.

 

[…]

 

Ahora bien, ser abierto, respetuoso y flexible en el debate no significa de ninguna manera renunciar a luchar por que las ideas propias triunfen si uno queda en minoría. Si luego del debate interno uno sigue convencido que ellas son las correctas, debe continuar defendiéndolas con el único requisito de que esa defensa respete la unidad de acción del partido entorno a las posiciones que fueron mayoritarias.

 

Y, hablando de debate, creo importante que se tenga en cuenta de que hoy es casi imposible que un debate interno deje de ser al mismo tiempo público y, por lo tanto, la izquierda tiene que aprender a debatir tomando en cuenta esa realidad. 

 

Valorizar el pluralismo

 

La organización política de la que hablamos no sólo debe ser democrática hacia adentro, sino que también debe serlo hacia fuera. Debe reconocer lo importante que son las iniciativas suprapartidarias sin que esto signifique devaluar la importancia decisiva de renovar y potenciar las organizaciones partidarias.

 

[…]

 

Una instancia articuladora de las diversas prácticas sociales

 

No debería buscar contener en su seno a los representantes legítimos de todos los que luchan por la emancipación social, sino esforzarse por articular sus prácticas en un único proyecto político.

 

Por su parte, Helio Gallardo sostiene que debe darse una tensión constructiva entre movimientos sociales que no deben perder su raíz, por que esa es su fuerza; y partidos [y] expresiones orgánicas de nuevo tipo que condensen ese movimiento social, que no intenten representarlo, ahogarlo, pero que sí, sobre todo, tengan la tarea de crear un proyecto nacional.  

 

 


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