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  • Autor: María Nadotti
  • Fuente: La Ojarasca
Sábado, 11 Febrero 2017 07:00

Los narradores somos los secretarios de la muerte

Escrito por  María Nadotti
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John Berger, escritor grande como una montaña y amigo muy querido, nos faltó el pasado 2 de enero.

Comienzo a escribir sobre él mientras vuelo de Lisboa a Milán, las dos ciudades en las que vivo. Me consuela recordarlo desde el cielo. Es la misma perspectiva que escogió John para dar voz a Odile, la narradora de Una vez en Europa y uno de los personajes más inolvidables de su inmensa obra. Ahora él ya no está en ninguna parte y está en todas partes. Tal vez, como escribió en Aquí nos vemos, hablando de la pintura rupestre del Cro-Magnon, fue a esconderse:

Para los nómadas, las nociones de pasado y futuro están subordinadas a la experiencia de alguna otra parte. Algo que ya se fue, o que es esperado, está oculto en algún otro lugar.

Para los cazadores y para sus presas esconderse bien es precondición de supervivencia. La vida depende de encontrar abrigo. Todo se esconde. Lo que se ha desvanecido fue a ocultarse. Una ausencia —como ocurre tras la partida de los muertos— se siente siempre como pérdida, pero no como un abandono. Los muertos se ocultan en alguna otra parte.

Ahora cada quien tendrá que buscarlo siguiendo las pistas que descubriremos en sus páginas, en sus dibujos, en sus películas, en los recuerdos, en los sueños.

A mediados de octubre del año pasado, la última vez que pasé algunos días con él en la casa de Antony cerca de las puertas de París en la que vivía de forma estable con su pareja Nella Bielski desde 2013, John me habló de un texto en el que estaba pensando. “Sabes”, me susurró con un tono conspirador, “quisiera reflexionar sobre qué se siente escribir una carta a mano, meterla en un sobre, pegar la estampilla, ir a la oficina de correo y mandarla”. “¿Y hablarás también sobre qué se siente recibirla?”, le pregunté, “una carta escrita a mano, tan llena del cuerpo, de la voz, de las manos de quien te la envió”. En ese momento recordé los afectuosos sobres de colores, algunos con dibujos, en ocasiones reutilizados, que había recibido de John en el curso de los últimos veintidós años, y me venía a la mente su caligrafía nítida y ligeramente vehemente, casi de prisa, impetuosa e impaciente como él, sólida y vivaz.

John Berger no tuvo tiempo de poner en papel ese texto y por lo tanto no lo recibiré, pero quiero contarles una historia hecha de coincidencias. Y las coincidencias, tan parecidas a citas con las personas y los lugares, son misteriosamente parecidas a una carta escrita a mano que te llega de un amigo querido y que te quiere.

Supe que John estaba mal el 26 de diciembre del año pasado. Su cuerpo de nonagenario, fuerte como un roble, cedió de golpe. Y sin embargo nadie se esperaba que, en sólo una semana, se habría ido a esconder con un salto de liebre o de rana, sin titubeos. Yo estaba en Lisboa, rodeada de las personas que más amo. Y Lisboa, como bien sabía John, es una ciudad particular. Él la había elegido como lugar narrativo donde encontrar a su madre, muerta diez años antes. Yo la reconocí hace tiempo como el lugar donde me gustaría morir, suave e irónica, ni aquí ni allá, en vilo, una tierra de paso. Fue aquí que, el 24 de enero de 2007, me llegó la noticia de la muerte de otro amigo querido, el escritor polaco Ryszard Kapuściński. Trece años antes, en Milán, había hecho que se encontraran y habían simpatizado de inmediato, Ryszard el marinero de las manos llenas de ámbar y John el montañés que cría abejas y hace que las vacas se reproduzcan.

Esa mañana llamé a John para decirle lo de Ryszard y más que nada, probablemente, para que me consolara. Él me dijo sin dudar: “Ve al Campo dos Mártires da Pátria y lo escucharás reír. ¡Ah, su increíble carcajada!”.

En el Campo dos Mártires da Pátria, donde se encuentran la Facultad de Medicina, el Instituto de Medicina Legal y la morgue, hay una prodigiosa escultura. Erigida sobre una columna marmórea de estilita, se alza la figura en bronce del doctor José Tomás de Sousa Martins, médico portugués que vivió entre 1843 y 1897, objeto de un vivaz culto popular debido a los milagros realizados en vida y después de la muerte. A los pies del monumento hay una miriada de lápidas, placas, ex votos, flores, un rumor de historias. John escribió sobre el doctor Martins en el texto dedicado a su madre, haciendo de él una irresistible y burlona figura de santo laico, enamorado de la vida, de la carne y del sexo. Allí, esa tarde, también yo reí mientras encendía una vela para Ryszard y la introducía con atención en esa especie de horno de carbón que protege las pequeñas flamas del viento inconstante del lugar.

El 31 de diciembre, diez años después, cuando supe que a John lo habían internado de nuevo y que su situación era de una gravedad extrema, retorné al Campo dos Mártires da Pátria y encendí una vela al doctor Martins para que lo ayudara a encontrar el camino más leve. Y me pareció verlo reír, guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.

El 1 de enero cumplí sesenta y ocho años. El 2 murió John: una de sus infinitas “cortesías”.

Hace algunos días, en Lisboa, Paulo Branco, director del Lisbon&Estoril Film Festival, que en noviembre de 2015 había rendido un homenaje a John con una retrospectiva cinematográfica y una jornada de lecturas y música, quiso recordarlo mostrando las grabaciones del evento. John, acompañado por la cantante Yasmine Hamdan y el pianista Piotr Anderszewski, lee un fragmento de su texto sobre Lisboa. Sí, precisamente el que dedicó al doctor Martins. Vuelvo a escuchar su voz y sé, ahora, por qué se detuvo justo en ese punto.

Una vez encendidas, dijo ella, cualquier bien que puedan hacer lo hacen sin nosotros.

Por supuesto, susurré. Por supuesto.

Me di cuenta de que acababa de sufrir una pérdida, dijo.

Usted habla muy bien francés.

Trabajé en París. Limpiando casas. El año pasado cumplí cincuenta y cinco y me dije que era hora de regresar a Lisboa para siempre. Y mi marido también se vino.

¿Le puedo invitar un café para salirnos de la lluvia? No, en cuanto ponga mi vela debo volver a casa.

Tenía ojos azules en un rostro que era fuerte y a la vez desprotegido.

Es por mi marido, mi vela.

¿Está enfermo?

No, no está enfermo. Tuvo un accidente. Se cayó del tejado en el que estaba trabajando.

¿Está malherido?

Me clavó la vista en el pecho, cual si fuera el distante Mar de Paja. Entonces supe que su marido había muerto.

Debería haber traído paraguas, como yo, dijo. Y luego añadió: nuestras velas seguirán ardiendo y harán lo que puedan, sin nosotros.

Hace algunas noches John volvió a visitarme en un sueño, con un gran tazón de fresas recién cortadas. Nada de palabras, sólo un gesto de atención y consuelo: dos de los temas más fuertes de su obra. Unir, mantenerse juntos, no permitir que las pasiones tristes se sobrepongan y nos separen los unos de los otros, que nos hagan creer que estamos solos y que somos impotentes. ¿No es en la oscuridad donde maduran las semillas, y acaso no es en la oscuridad que se encuentra y se comparte la esperanza?

En un encuentro milanés en diciembre de 2007, pocos días antes de venir a México para participar en un congreso en la Selva Lacandona y encontrarse con el Subcomandante Marcos, hablando a un público de jóvenes, John dijo:

No debemos concentrarnos en discutir abstracciones, que pueden ser sólo una distracción, sino que debemos concentrarnos en las pequeñas —y en ocasiones grandes— opciones individuales y colectivas, porque es allí que yace la iniciativa. Ustedes podrían replicar: “eres realmente ingenuo, ¿con qué organización podemos hacer algo así? Parecería algo diminuto, entre nosotros, en familia”. Paciencia, paciencia, porque los grandes movimientos de la historia iniciaron siempre en esos pequeños paréntesis que llamamos “entretanto”. Dediquémonos a estar, a ser, en ese “entretanto”.

Se le podría llamar resistencia o bien cognición marxista de la historia y de sus tortuosos recorridos, sabiduría de un intelectual atípico que siempre puso en primer lugar la experiencia o la participación sin reservas en lo que nos hace —en el bien y en el mal— humanos.

Hace pocos meses John, que nunca pedía cosas para sí, que siempre se ponía en el lugar del otro, me preguntó si sería posible volver a publicar en Italia Un séptimo hombre (1974), que él consideraba su libro más importante. No por vanidad o egocentrismo, sino porque, con el tiempo, ese libro se había vuelto profético, transformándose en una especie de álbum de familia para los migrantes turcos, griegos, portugueses e italianos que en esos años se iban hacia el norte de Europa en busca de trabajo. ¿Podría ser posible pedir al alcalde o al médico de servicio de Lampedusa que acompañara esta nueva edición con sus palabras? Para hacer sentir menos solos, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, a los nuevos migrantes que buscan escapar de la pobreza y la guerra atravesando el Mediterráneo.

Ahora el libro existe y, desde hace algunas horas, lo tengo entre las manos. John no podrá verlo, pero sus páginas, escoltadas por las fotografías de Jean Mohr y por un texto de Pietro Bartolo, médico de Lampedusa, encontrarán una “casa” por sí solas, porque se dirigen íntimamente a quien ha vivido el desarraigo y la separación, entonces como ahora.

Traducción del italiano: Diego Tapia

|   Maria Nadotti, editora, periodista, narradora, consultora editorial y traductora, una de las amigas más cercanas de John Berger a quien editó y tradujo durante años, vive entre Milán y Lisboa. Es autora entre otros libros de Silenzio=Morte. Gli USA nel tempo dell’ AIDS, Sesso & Genere, Prove d’ascolto, Trasporti e traslochi. Raccontare John Berger, Necrologhi. En el sitio Doppiozero, tiene un blog llamado “in genere”.

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