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  • Antetítulo: SERIE Crímenes sublimes
  • Autor: RAFAEL GUTIÉRREZ, ILUSTRACIONES DE JOSÉ MIGUEL
  • Edición: 231
  • Fecha: 20ene-20feb
Martes, 24 Enero 2017 15:45

Capítulo 8

Escrito por  RAFAEL GUTIÉRREZ, ILUSTRACIONES DE JOSÉ MIGUEL
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Marlowe no acababa aún de incorporarse de un sueño intranquilo donde se mezclaban imágenes del asesinato en medio a la manifestación, la sala de estudio en penumbra de la facultad de filosofía y el cadáver desnudo de Zubiria sobre la mesa de autopsias, cuando suena su teléfono celular. “¿Detective Marlowe?”, dice una voz desconocida para él del otro lado. “Sí, ¿qué pasa?”. El reloj sobre la mesa de noche marca las 4 y 20 de la mañana. “Soy Martín Cruz de la Estación Norte. Encontramos un cadáver esta madrugada que tal vez le interese.” “¿Y por qué podría interesarme?”, dice Marlowe alzando el tono de su voz. “El hombre tenía su tarjeta en el bolsillo”.

 

Dos patrullas de la policía, con las luces rojas del techo encendidas, permanecen estacionadas afuera de un edificio de clase media en el barrio El Polo, al norte de la ciudad, llamando la atención de los vecinos que se asoman por las puertas y ventanas de sus casas y apartamentos, algunos aún en pijama, otros listos para comenzar otro aburrido día de trabajo. Marlowe entró sin saludar a nadie. Se dirigió a uno de los policías de la entrada que interrogaba al portero del edificio mostrándole su placa. “¿Qué apartamento?”. “402”.

 

Al entrar la luz del flash de una cámara deslumbra momentáneamente a Marlowe. Poco a poco el contorno vuelve a hacerse perceptible y distingue el cuerpo de un hombre en un costado de la sala, junto a una mesa de madera de cuatro puestos con varios libros encima. La sangre, cerca a la cabeza y el cuello ha dejado una mancha oscura sobre un gastado tapete café. A un costado hay un estante con libros. En una esquina un pequeño televisor que a Marlowe le parece tan antiguo que piensa en imágenes en blanco y negro. El fotógrafo de la pericia continúa con su trabajo y el constante reflejo del flash hace que Marlowe tenga que cerrar los ojos con frecuencia.

 

“¿Lo conocía?”, dice el agente Cruz, un hombre de altura media, hombros anchos y rostro de facciones indígenas. “Levemente”, dice Marlowe mientras observa el cadáver. “Lo interrogué esta tarde por otro caso, ¿y eso?”, dice Marlowe señalando un enorme martillo a un lado del cadáver. “El arma del crimen probablemente”, dice Cruz. “Le dieron primero con el martillo en la cabeza y una vez inconsciente le abrieron la garganta con eso”. El agente Cruz señala una especie de bisturí antiguo untado de sangre que permanece a un lado del martillo como si hubiese sido colocado allí con cuidado, como piezas de un cuadro, o elementos de una instalación artística. Marlowe observa el martillo y ve que en la empuñadura están marcadas las letras “J.P.”

 

“¡Agente Cruz!”, grita alguien desde el cuarto de servicio, en la parte posterior del apartamento. “¡Tiene que ver esto!”. Cruz y Marlowe se dirigen hacia el cuarto. En su interior, en la esquina derecha, debajo de una pequeña ventana que da hacia una calle paralela, hay una caja de cartón con piso de arena. La arena tiene ahora una coloración oscura en varios lugares, formando manchas irregulares. En el centro de la caja hay un gato negro con el cuello cortado. La cabeza está casi desprendida del resto del cuerpo. Cruz mira a Marlowe incrédulo. “¿Qué tipo de loco es este?”, le dice. “Todavía no lo sé”, dice Marlowe, mientras camina buscando la puerta de salida del apartamento.

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