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  • Autor: Iván Darío Ávila Gaitán
  • Edición: 232
  • Sección: Opinión
  • Fecha: Febrero 20 - marzo 20 de 2017
Jueves, 02 Marzo 2017 23:24

¡Paren de matar!

Escrito por  Iván Darío Ávila Gaitán
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El presente artículo es una versión reducida de la entrevista realizada a su autor por la radio pública alemana, a propósito de la disputa abierta en Colombia entre defensores y detractores del toreo. Una polémica que va mucho más allá y que implica la protección de los animales y de la misma naturaleza.


P. ¿Por qué las corridas de toros son un legado colonial y patriarcal?
R. Primero, porque refuerzan la estructura sexual y la concepción de la naturaleza occidentales. La estructura sexual occidental se ve claramente reflejada en el estereotipo del torero (hombre) viril, valiente/violento enfrentándose a la bestia/animal/naturaleza (toro) y, por ahí derecho, seduciendo (sometiendo, conquistando) a las damas (mujeres). Hay toreras, mujeres toreras, es cierto, pero eso no cambia el sentido patriarcal estructural del espectáculo. Recordemos además que la palabra “matador”, ampliamente usada en la tauromaquia, tiene una doble acepción en muchos contextos hispanoparlantes. El matador es el asesino, quien mata, pero también el seductor de mujeres. Lo mismo sucede con la palabra “conquistador”, el conquistador también es un asesino, es quien se impone violentamente sobre territorios y comunidades, y a su vez es igualmente un seductor, el que “conquista el corazón de... y lo doblega”.

 

Tampoco podemos olvidar que la socialización mediante la violencia es una cuestión típicamente masculina. En las corridas de toros se exhibe toda esta performance de la dominación, de la dominación de las mujeres, los animales y la naturaleza. De hecho algunos taurinos reconocen abiertamente que las corridas son una performance de la dominación y de las dinámicas de vida y muerte, pero lo que no especifican muy bien es de qué tipo de dominación y dinámicas de vida y muerte están hablando. Esto difiere, por otro lado, de los juegos indígenas, de ciertos indígenas, de cacería y co-habitación o co-modificación entre especies. No los traigo a colación como un modelo a seguir, no necesariamente, simplemente quisiera marcar el contraste entre tradiciones. En conclusión, en las corridas hay toda una política sexual en juego, que es una política colonial. Las corridas no son una actividad bárbara, sino parte de un proyecto civilizatorio occidental.

 

Respecto a la concepción occidental de la naturaleza, simplemente resta agregar que, en esta performance, inicialmente el hombre somete a una bestia, a un “animal bravo”, pero esa bestia representa la naturaleza en general. Ahora bien, el sometimiento de la naturaleza resulta clave en los proyectos civilizatorios, pero también en los desarrollistas y neodesarrollistas, modernizantes. Solo que ahora la dominación de los animales y la naturaleza se lleva a cabo por la vía, por ejemplo, de la ciencia: aparecen dispositivos como los zoológicos, bioterios, granjas industriales, monocultivos, etc. Reitero: las corridas son un espectáculo antropocéntrico occidental, una performance de la dominación de la naturaleza por el Hombre, y si bien a la naturaleza se la admira y teme, si bien se alude por ejemplo a la “bravura del toro” y su belleza, esto no ocurre porque se la ame, sino debido a que se la desea doblegar, poseer y superar, trascender.

 

En segundo lugar, las corridas de toros son un legado colonial porque constituyen una tradición defendida por sectores de hombres blancos, blanco-mestizos, adinerados y ligados a la posesión de tierra y ganado. Sectores herederos de privilegios coloniales. Sectores ligados a dinámicas de violencia y despojo, a lo que muchas y muchos autores en Latinoamérica llaman el “colonialismo interno”. Es más, la guerra en Colombia tiene todo que ver con esto, pues dichos sectores son los que han avalado la destrucción de comunidades y ecosistemas enteros para la ganadería extensiva, y en últimas para la reafirmación de privilegios de clase, raza, sexo y especie. La guerra es una guerra entre formas de vida, por eso el elemento estructurante de la guerra es la tierra: ¡la tierra es la vida misma! ¡Por eso también es que las y los animalistas no se han equivocado al articular el discurso de la paz con el de la abolición de las corridas de toros, la liberación animal y, como las compañeras indígenas dirían, la liberación de la tierra!

P. ¿Es la crítica a la tauromaquia un resabio de la defensa de la propia especie, ahora extendida a ciertos mamíferos y especialmente a los animales domésticos?
R. La necesidad de abolición de la tauromaquia está basada en un aprecio por la diferencia, por cierta afinidad con quien no es mi prójimo, próximo, vecino o semejante... Por eso los movimientos ecosóficos, de liberación animal y de la tierra son tan estimulantes, porque nos obligan a pensar en la dignidad tanto del toro como del agua y de la planta o de la máquina, en las mejores de sus versiones, y por esa vía a descentrarnos radicalmente como seres humanos. La crítica de la tauromaquia puede estar dando cuenta, más bien, de verdaderas transformaciones del tejido sensible y de la configuración de nuevas formas de vida, y eso es lo que más les molesta justamente a los defensores de la especie a ultranza; ellos sienten que a medida de que nosotras avanzamos, el antropo-poder, su poder de especie, se diluye, se desdibuja y acaba.

P. ¿Son violentos y autoritarios los anti-taurinos y el movimiento animalista?, ¿quieren aplastar a las minorías, a la diversidad?
R. Las recientes manifestaciones a favor de la vida y por la abolición de las corridas de toros no son otra cosa que un despliegue heterogéneo, libertario e igualitarista de vitalidad. Es la vida misma la que se expresa en las calles. ¿Cuáles son las características de la vida? Básicamente su capacidad de movimiento, de transmutación y diferenciación en un marco relacional, de co-modificación e inter-dependencia. Las diversas singularidades vivientes estamos a merced unas de otras, pero esto también significa que nos potenciamos unas con otras. El lenguaje de la vida no reconoce, por ende, jerarquías trascendentes. Pues bien, las manifestaciones han sido una clara muestra de vitalidad en el sentido de que las calles fueron ocupadas por cirqueros, músicos, nuevas religiosidades, experimentos gastronómicos, disidentes sexuales, personas con “extrañas” modificaciones corporales, recicladores, habitantes de calle, ecologistas, defensores de la despenalización de la marihuana, indigenistas, animales no humanos, feministas, etcétera.

En otros términos, las calles fueron ocupadas por la heterogeneidad de la vida que no meramente solicita el derecho a la vida del toro, sino que realiza, performa o reconfigura, en el acto, todo un tejido sensible que, justamente, da lugar a nuevos territorios existenciales donde los toros ya no pueden ocupar el lugar de subordinación al que las corridas los somete. Cuando las/os manifestantes gritaban: “Toro, amigo, el pueblo está contigo” lo que ocurría era una transmutación del concepto clásico de pueblo. El pueblo empieza a ser ese compuesto escurridizo de humanos y no humanos en toda su multiplicidad, el pueblo se convierte en algo monstruoso para los defensores de la ciudadanía clásica, para quienes el verdadero ciudadano es aquel que pertenece a una comunidad humana con pretensiones de homogeneidad y que se diferencia de la vida natural y animal, vida que desean poner violentamente a su servicio. Esto último lo impugnaba y comprendía perfectamente una manifestante que sostenía un cartel donde se podía leer: “Humanos, paren de matar, conquistemos la alegría de vivir”.

P. ¿Es contradictorio defender la despenalización del aborto y, al tiempo, la abolición de las corridas de toros?
R. El control zoobiopolítico que se aplica sobre los cuerpos de las mujeres está relacionado con el de los animales domésticos, incluyendo los llamados “toros de lidia” (aunque, por supuesto, hay muchas diferencias). El punto central allí es que, en ambos casos, se aplica un biopoder que está también marcado sexualmente, que nos separa de lo que podemos hacer con nuestros cuerpos y vidas y de la posibilidad de, caso por caso, resolver el problema de con-vivir materialmente con otros seres, sean humanos o no. Lo que se suele disputar no es que las mujeres puedan decidir soberanamente sobre otras vidas, que es lo que ocurre en la ganadería comercial y la tauromaquia, sino la posibilidad de reapropiarse de la vida, del propio cuerpo, y de redefinir contextualmente los límites entre vida y muerte; de ahí que la despenalización del aborto no quiera decir que necesariamente las mujeres aborten o salgan todas a promover el aborto sin tener en cuenta las situaciones específicas. La lucha por la despenalización del aborto y por la abolición de las corridas de toros son ambas, pues, luchas en pro de la vida y contra los dispositivos que la controlan y obstruyen.

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