Jueves, 02 Marzo 2017 23:43

Crímenes sublimes. Capítulo 9

Al salir del apartamento Marlowe ve una mujer joven sentada en las escaleras. Tiene el rostro entre las manos y está totalmente quieta, como si durmiera o estuviera sin sentido. Marlowe se acerca un poco y la mujer levanta el rostro lentamente como si no entendiera nada de lo que está pasando. “¿Lo conocía?”, le dice Marlowe. La mujer tarda un poco en comprender la pregunta, como si Marlowe le hubiera hablado en otro idioma. “Sí, vivo aquí al lado”, dice levantando apenas el dedo índice de su mano derecha y señalando algún lugar indeterminado hacia el fondo del corredor. “Éramos amigos...”. La voz de la mujer se quiebra y mueve la cabeza de un lado a otro. “¿Él le había contado algo en los últimos días, alguna cosa por la que estuviera asustado?”. La mujer continua moviendo la cabeza y permanece en silencio. “Lo que pueda decirme será de gran ayuda para encontrar al responsable”. Ella levanta la cabeza y observa a Marlowe un instante. Tiene los ojos negros y grandes, la nariz un poco ancha y los labios gruesos. Algunas lágrimas aún permanecen a lado y lado de la nariz. Marlowe piensa en una actriz de Hollywood de los años cincuenta, pero no consigue recordar su nombre.

 

La mujer vuelve a taparse la cara con las manos y no dice nada. Marlowe se da la vuelta y da algunos pasos en dirección al ascensor. De repente siente la mujer a su lado. “Vamos, no quiero hablar aquí”, le dice en voz baja. Marlowe la sigue hasta una de las puertas, casi al final del corredor. La mujer saca una llave del bolsillo y abre la puerta.

 

El apartamento tiene la misma disposición del anterior, pero está decorado con mejor gusto. Los muebles del comedor y la sala tienen un diseño moderno y colorido. Una gruesa alfombra blanca ocupa casi todo el piso de la sala, lo que le da un aire cálido y acogedor. Las paredes están adornadas con fotografías en blanco y negro. Son fotografías de la ciudad, de personas en la calle, de edificios, de parques. Marlowe se queda mirando una fotografía donde un niño observa fijamente la cámara mientras al fondo se ve un panorama de desolación total. Parece un desierto, aunque Marlowe no está seguro. A un costado hay una torre de energía. Más al fondo algunos perros flacos y casi sin pelo. Los ojos del niño parecen traspasar la mirada de Marlowe que se siente por un momento fuera de sí. “¿Quiere tomar algo?”, dice la mujer sacando a Marlowe de su estado. “No, gracias”, dice Marlowe. “¿Las fotos son suyas?”. “Sí, es mi trabajo”, dice la mujer mientras se sirve un vaso de agua y lo bebe de un solo trago. “Carlos me dijo que tenía miedo”, dice de improviso, dejando el vaso sobre la mesa de la cocina. “Me dijo que su profesor le había confiado un secreto y que hubiera preferido no saber nada”. “¿Un secreto?”, dice Marlowe. “Algo sobre una sociedad, un grupo... yo pensé que exageraba, no lo tomé en serio. Carlos se había vuelto cada vez más paranoico. Creo que sus estudios lo habían vuelto así, desconfiado, asustado. Pero nunca pensé que pudiera pasarle algo...”. Ella vuelve a bajar la cabeza y se queda en silencio un instante. Luego mueve las manos en el aire como si tratara de alejar algún pensamiento y se incorpora. “¿Sabe si Carlos tenía algún otro amigo cercano, alguien a quien pudiera contarle lo que pasaba?”, dice Marlowe. “Tenía un buen amigo, lo encontré varias veces en su apartamento. Se llama Eduardo, Eduardo Contreras. Un amigo de los años del colegio.” “¿Sabe dónde puedo encontrarlo?”. “Creo que trabaja como ayudante de un abogado en el centro, en el edificio Solar”. “Muchas gracias. Le dejo mi número en caso de que recuerde algo, cualquier cosa que pueda servirnos”, dice Marlowe, aunque en el fondo está pensando tan solo en la posibilidad de volver a verla.

Publicado en Edición Nº232

 

La justicia de Nicaragua exige que el multipremiado poeta pague 800.000 dólares por una confusa causa de 2006 y la asociación mundial de escritores pide que "cesen los hostigamientos"

 

 La justicia de Nicaragua reanudó una demanda contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal por una supuesta multa de 800.000 dólares en concepto de “daños y perjuicios” por una disputa relacionada con la propiedad de unos terrenos del archipiélago de Solentiname, precisamente donde Cardenal escribió “El Evangelio en Solentiname” en 1975. El poeta ya denunció que este conflicto judicial es “una persecución política en su contra” y la asociación mundial de escritores, PEN Internacional, exhortó a las autoridades nicaragüenses a “cesar el hostigamiento”.

La causa contra el multipremiado poeta, autor de "Epigrama" y "Oración por Marilyn Monroe", se inició en 2005 por una demanda de Nubia del Socorro Arcia Mayorga, ex administradora del Hotel Mancarrón. Esta propiedad había sido una escuela construida por fondos de la cooperación alemana después de la dictadura de Anastasio Somoza, pero mucho antes del triunfo de la Revolución Sandinista había sido adquirida por Cardenal para fundar una comunidad de campesinos a quienes, además de enseñarles a leer y escribir, les enseñó pintura y artesanía.

En la década de los noventa, tras la derrota electoral del sandinismo, la Asociación para el Desarrollo de Solentiname decidió convertir las instalaciones de la escuela en un hotel, administrado por Alejandro Guevara, un campesino formado por Cardenal. Guevara murió y la asociación decidió nombrar a Arcia Mayorga, su viuda, como administradora. La mujer reclamó el hotel como herencia y en 2002 decidió demandar al poeta.

En 2008, la acusación llegó al climax y el poeta denunció en una carta pública que Ortega y su esposa, Rosario Murillo, estaban usando la querella legal para perseguirlo políticamente porque él había cortado todo vínculo con el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Cardenal se enteró el viernes pasado en La Gaceta, el diario oficial, que se le exige pagar una suma de 800 mil dólares, en concepto de indemnización por daños y perjuicios por supuesto incumplimiento de contrato a Arcia Mayorga. “La persecución política es incesable, las calumnias y falsas reclamaciones económicas, por una justicia subjetiva a los intereses políticos del actual gobierno Ortega/Murillo”, escribió a las pocas horas el poeta en su cuenta de Facebook. Y agregó: “Si yo guardo silencio ante semejantes ataques políticos, ¿quién será el siguiente?”.

En un comunicado, el PEN, presidido por la novelista Gioconda Belli, expresó su más “rotunda solidaridad” con el “ícono” de América Latina.“Creemos que sus posiciones valientes, directas y críticas a la situación de Nicaragua bajo el gobierno, desde 2007, de Daniel Ortega, son las que le han causado perjuicios y persecución", sostuvo la organización.

También el escritor Sergio Ramírez, premio Internacional Carlos Fuentes y Premio Alfaguara de Novela, deploró el fallo “por un proceso que le iniciaron hace tiempo”. “El poder quiere humillarlo y dejarlo en la calle. Su casa es el único bien que posee en esta tierra y cuando lo subasten, no servirá que sepan que por esa puerta pasaron Gunter Grass, Graham Greene, García Márquez o Julio Cortázar”, expresó Ramírez.

 

 

Publicado en Internacional

John Berger, escritor grande como una montaña y amigo muy querido, nos faltó el pasado 2 de enero.

Comienzo a escribir sobre él mientras vuelo de Lisboa a Milán, las dos ciudades en las que vivo. Me consuela recordarlo desde el cielo. Es la misma perspectiva que escogió John para dar voz a Odile, la narradora de Una vez en Europa y uno de los personajes más inolvidables de su inmensa obra. Ahora él ya no está en ninguna parte y está en todas partes. Tal vez, como escribió en Aquí nos vemos, hablando de la pintura rupestre del Cro-Magnon, fue a esconderse:

Para los nómadas, las nociones de pasado y futuro están subordinadas a la experiencia de alguna otra parte. Algo que ya se fue, o que es esperado, está oculto en algún otro lugar.

Para los cazadores y para sus presas esconderse bien es precondición de supervivencia. La vida depende de encontrar abrigo. Todo se esconde. Lo que se ha desvanecido fue a ocultarse. Una ausencia —como ocurre tras la partida de los muertos— se siente siempre como pérdida, pero no como un abandono. Los muertos se ocultan en alguna otra parte.

Ahora cada quien tendrá que buscarlo siguiendo las pistas que descubriremos en sus páginas, en sus dibujos, en sus películas, en los recuerdos, en los sueños.

A mediados de octubre del año pasado, la última vez que pasé algunos días con él en la casa de Antony cerca de las puertas de París en la que vivía de forma estable con su pareja Nella Bielski desde 2013, John me habló de un texto en el que estaba pensando. “Sabes”, me susurró con un tono conspirador, “quisiera reflexionar sobre qué se siente escribir una carta a mano, meterla en un sobre, pegar la estampilla, ir a la oficina de correo y mandarla”. “¿Y hablarás también sobre qué se siente recibirla?”, le pregunté, “una carta escrita a mano, tan llena del cuerpo, de la voz, de las manos de quien te la envió”. En ese momento recordé los afectuosos sobres de colores, algunos con dibujos, en ocasiones reutilizados, que había recibido de John en el curso de los últimos veintidós años, y me venía a la mente su caligrafía nítida y ligeramente vehemente, casi de prisa, impetuosa e impaciente como él, sólida y vivaz.

John Berger no tuvo tiempo de poner en papel ese texto y por lo tanto no lo recibiré, pero quiero contarles una historia hecha de coincidencias. Y las coincidencias, tan parecidas a citas con las personas y los lugares, son misteriosamente parecidas a una carta escrita a mano que te llega de un amigo querido y que te quiere.

Supe que John estaba mal el 26 de diciembre del año pasado. Su cuerpo de nonagenario, fuerte como un roble, cedió de golpe. Y sin embargo nadie se esperaba que, en sólo una semana, se habría ido a esconder con un salto de liebre o de rana, sin titubeos. Yo estaba en Lisboa, rodeada de las personas que más amo. Y Lisboa, como bien sabía John, es una ciudad particular. Él la había elegido como lugar narrativo donde encontrar a su madre, muerta diez años antes. Yo la reconocí hace tiempo como el lugar donde me gustaría morir, suave e irónica, ni aquí ni allá, en vilo, una tierra de paso. Fue aquí que, el 24 de enero de 2007, me llegó la noticia de la muerte de otro amigo querido, el escritor polaco Ryszard Kapuściński. Trece años antes, en Milán, había hecho que se encontraran y habían simpatizado de inmediato, Ryszard el marinero de las manos llenas de ámbar y John el montañés que cría abejas y hace que las vacas se reproduzcan.

Esa mañana llamé a John para decirle lo de Ryszard y más que nada, probablemente, para que me consolara. Él me dijo sin dudar: “Ve al Campo dos Mártires da Pátria y lo escucharás reír. ¡Ah, su increíble carcajada!”.

En el Campo dos Mártires da Pátria, donde se encuentran la Facultad de Medicina, el Instituto de Medicina Legal y la morgue, hay una prodigiosa escultura. Erigida sobre una columna marmórea de estilita, se alza la figura en bronce del doctor José Tomás de Sousa Martins, médico portugués que vivió entre 1843 y 1897, objeto de un vivaz culto popular debido a los milagros realizados en vida y después de la muerte. A los pies del monumento hay una miriada de lápidas, placas, ex votos, flores, un rumor de historias. John escribió sobre el doctor Martins en el texto dedicado a su madre, haciendo de él una irresistible y burlona figura de santo laico, enamorado de la vida, de la carne y del sexo. Allí, esa tarde, también yo reí mientras encendía una vela para Ryszard y la introducía con atención en esa especie de horno de carbón que protege las pequeñas flamas del viento inconstante del lugar.

El 31 de diciembre, diez años después, cuando supe que a John lo habían internado de nuevo y que su situación era de una gravedad extrema, retorné al Campo dos Mártires da Pátria y encendí una vela al doctor Martins para que lo ayudara a encontrar el camino más leve. Y me pareció verlo reír, guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.

El 1 de enero cumplí sesenta y ocho años. El 2 murió John: una de sus infinitas “cortesías”.

Hace algunos días, en Lisboa, Paulo Branco, director del Lisbon&Estoril Film Festival, que en noviembre de 2015 había rendido un homenaje a John con una retrospectiva cinematográfica y una jornada de lecturas y música, quiso recordarlo mostrando las grabaciones del evento. John, acompañado por la cantante Yasmine Hamdan y el pianista Piotr Anderszewski, lee un fragmento de su texto sobre Lisboa. Sí, precisamente el que dedicó al doctor Martins. Vuelvo a escuchar su voz y sé, ahora, por qué se detuvo justo en ese punto.

Una vez encendidas, dijo ella, cualquier bien que puedan hacer lo hacen sin nosotros.

Por supuesto, susurré. Por supuesto.

Me di cuenta de que acababa de sufrir una pérdida, dijo.

Usted habla muy bien francés.

Trabajé en París. Limpiando casas. El año pasado cumplí cincuenta y cinco y me dije que era hora de regresar a Lisboa para siempre. Y mi marido también se vino.

¿Le puedo invitar un café para salirnos de la lluvia? No, en cuanto ponga mi vela debo volver a casa.

Tenía ojos azules en un rostro que era fuerte y a la vez desprotegido.

Es por mi marido, mi vela.

¿Está enfermo?

No, no está enfermo. Tuvo un accidente. Se cayó del tejado en el que estaba trabajando.

¿Está malherido?

Me clavó la vista en el pecho, cual si fuera el distante Mar de Paja. Entonces supe que su marido había muerto.

Debería haber traído paraguas, como yo, dijo. Y luego añadió: nuestras velas seguirán ardiendo y harán lo que puedan, sin nosotros.

Hace algunas noches John volvió a visitarme en un sueño, con un gran tazón de fresas recién cortadas. Nada de palabras, sólo un gesto de atención y consuelo: dos de los temas más fuertes de su obra. Unir, mantenerse juntos, no permitir que las pasiones tristes se sobrepongan y nos separen los unos de los otros, que nos hagan creer que estamos solos y que somos impotentes. ¿No es en la oscuridad donde maduran las semillas, y acaso no es en la oscuridad que se encuentra y se comparte la esperanza?

En un encuentro milanés en diciembre de 2007, pocos días antes de venir a México para participar en un congreso en la Selva Lacandona y encontrarse con el Subcomandante Marcos, hablando a un público de jóvenes, John dijo:

No debemos concentrarnos en discutir abstracciones, que pueden ser sólo una distracción, sino que debemos concentrarnos en las pequeñas —y en ocasiones grandes— opciones individuales y colectivas, porque es allí que yace la iniciativa. Ustedes podrían replicar: “eres realmente ingenuo, ¿con qué organización podemos hacer algo así? Parecería algo diminuto, entre nosotros, en familia”. Paciencia, paciencia, porque los grandes movimientos de la historia iniciaron siempre en esos pequeños paréntesis que llamamos “entretanto”. Dediquémonos a estar, a ser, en ese “entretanto”.

Se le podría llamar resistencia o bien cognición marxista de la historia y de sus tortuosos recorridos, sabiduría de un intelectual atípico que siempre puso en primer lugar la experiencia o la participación sin reservas en lo que nos hace —en el bien y en el mal— humanos.

Hace pocos meses John, que nunca pedía cosas para sí, que siempre se ponía en el lugar del otro, me preguntó si sería posible volver a publicar en Italia Un séptimo hombre (1974), que él consideraba su libro más importante. No por vanidad o egocentrismo, sino porque, con el tiempo, ese libro se había vuelto profético, transformándose en una especie de álbum de familia para los migrantes turcos, griegos, portugueses e italianos que en esos años se iban hacia el norte de Europa en busca de trabajo. ¿Podría ser posible pedir al alcalde o al médico de servicio de Lampedusa que acompañara esta nueva edición con sus palabras? Para hacer sentir menos solos, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, a los nuevos migrantes que buscan escapar de la pobreza y la guerra atravesando el Mediterráneo.

Ahora el libro existe y, desde hace algunas horas, lo tengo entre las manos. John no podrá verlo, pero sus páginas, escoltadas por las fotografías de Jean Mohr y por un texto de Pietro Bartolo, médico de Lampedusa, encontrarán una “casa” por sí solas, porque se dirigen íntimamente a quien ha vivido el desarraigo y la separación, entonces como ahora.

Traducción del italiano: Diego Tapia

|   Maria Nadotti, editora, periodista, narradora, consultora editorial y traductora, una de las amigas más cercanas de John Berger a quien editó y tradujo durante años, vive entre Milán y Lisboa. Es autora entre otros libros de Silenzio=Morte. Gli USA nel tempo dell’ AIDS, Sesso & Genere, Prove d’ascolto, Trasporti e traslochi. Raccontare John Berger, Necrologhi. En el sitio Doppiozero, tiene un blog llamado “in genere”.

Publicado en Cultura
Martes, 24 Enero 2017 15:50

Turbulencia y víspera

Todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía...

 

En menguante y en fragmentos
la certidumbre del final va lenta
desasida, con demora.

 

Omisión sin minuteros
del desboque que extenúe la infamia
a son de quimbrara quimbura cumbaquin van van.

 

Desteñida la desembocadura
carece de almendra, de ruta y de navío
/con afecto de la gente.
Huérfana del haz de las regiones
y del manojo de sectores nacionales.

 

Pecado y culpa de todos los matices
izquierda al revés en los peldaños,
y tenue tejer y destejer a tientas.

 

Contadita, ninguna vez cae para arriba,
con su indumentaria de absolutos
de frases hechas y encorvadas
sin deseos
por Sofía Loren y Charlotte Rampling.
Habitual justifica sus errores
sin enmienda
ni tribunal de autocrítica y descargos,
sin asir, la situación acusa y guarda gestos
factura y cuenta, de testigo y de doliente.

 

Exigua en arriesgo prospectivo,
y convocatoria de nación y gentilicio
sin cuño de resonancia y liderazgo.

 

Lateral, insensible al dolor y desarraigos
que conglutina en macizo los abajos,
con desvío del balón desde las cinco yardas.

 

Hoyo que despega
/el discurso de la llaga
y corta lazos,
con los urgentes desconsuelos de la gente
y la tristeza como una nube de mejillas negras.
Con el azoro de varados sin empleo
/en las viejas calles de los barrios,
y el llorar de familias inundadas cada año,
sin estreno de abarcas ni domingos
o con niños que salen duritos pa’l estudio.

 

Inservible sobrenada en minoría
la parte indigesta de sindicalismo falso
y el infructuoso fuelle de oenegés
cooptadas,
y hay reproche y margen de rechazo
a las vergüenzas y alegatos
de la oposición de izquierda pálida,
y al resbalo que arrastran los rebeldes
por sus yerros, transacciones indebidas
/y degradaciones del conflicto,

 

A-
la sin
llamar
verano,
vanidad
sin venia a
los consensos
amplios. Interrum-
pe y daña, hacer y recaer
conjugación en sus estuches
y pirámides de «vanguardia única»
excluyente, perforantes del vigor de las
~~~~~~~~~~~~~~ ondas populares
quedadas o inmóviles, en tamaño elemental.

 

Rótulo segmentador en altercados
que empaqueta, entibia
/suplanta y pone peaje
al misceláneo brotar de muchas voces
su acuarela
con poquita efervescencia.

 

Dictado que atrofia y ancla
al campo popular
/en trizas y calambre.
Conducta hijastra, frágil
de la «unidad» carente, ínfima
–sin pleonasmo: corpulenta–
raspada sólo con recelo,
que congela sin trofeo,
a la dócil manifestación,
∕al voto leve
y al insurgir de fusiles arrogantes.

Publicado en Edición Nº231
Martes, 24 Enero 2017 15:45

Capítulo 8

Marlowe no acababa aún de incorporarse de un sueño intranquilo donde se mezclaban imágenes del asesinato en medio a la manifestación, la sala de estudio en penumbra de la facultad de filosofía y el cadáver desnudo de Zubiria sobre la mesa de autopsias, cuando suena su teléfono celular. “¿Detective Marlowe?”, dice una voz desconocida para él del otro lado. “Sí, ¿qué pasa?”. El reloj sobre la mesa de noche marca las 4 y 20 de la mañana. “Soy Martín Cruz de la Estación Norte. Encontramos un cadáver esta madrugada que tal vez le interese.” “¿Y por qué podría interesarme?”, dice Marlowe alzando el tono de su voz. “El hombre tenía su tarjeta en el bolsillo”.

 

Dos patrullas de la policía, con las luces rojas del techo encendidas, permanecen estacionadas afuera de un edificio de clase media en el barrio El Polo, al norte de la ciudad, llamando la atención de los vecinos que se asoman por las puertas y ventanas de sus casas y apartamentos, algunos aún en pijama, otros listos para comenzar otro aburrido día de trabajo. Marlowe entró sin saludar a nadie. Se dirigió a uno de los policías de la entrada que interrogaba al portero del edificio mostrándole su placa. “¿Qué apartamento?”. “402”.

 

Al entrar la luz del flash de una cámara deslumbra momentáneamente a Marlowe. Poco a poco el contorno vuelve a hacerse perceptible y distingue el cuerpo de un hombre en un costado de la sala, junto a una mesa de madera de cuatro puestos con varios libros encima. La sangre, cerca a la cabeza y el cuello ha dejado una mancha oscura sobre un gastado tapete café. A un costado hay un estante con libros. En una esquina un pequeño televisor que a Marlowe le parece tan antiguo que piensa en imágenes en blanco y negro. El fotógrafo de la pericia continúa con su trabajo y el constante reflejo del flash hace que Marlowe tenga que cerrar los ojos con frecuencia.

 

“¿Lo conocía?”, dice el agente Cruz, un hombre de altura media, hombros anchos y rostro de facciones indígenas. “Levemente”, dice Marlowe mientras observa el cadáver. “Lo interrogué esta tarde por otro caso, ¿y eso?”, dice Marlowe señalando un enorme martillo a un lado del cadáver. “El arma del crimen probablemente”, dice Cruz. “Le dieron primero con el martillo en la cabeza y una vez inconsciente le abrieron la garganta con eso”. El agente Cruz señala una especie de bisturí antiguo untado de sangre que permanece a un lado del martillo como si hubiese sido colocado allí con cuidado, como piezas de un cuadro, o elementos de una instalación artística. Marlowe observa el martillo y ve que en la empuñadura están marcadas las letras “J.P.”

 

“¡Agente Cruz!”, grita alguien desde el cuarto de servicio, en la parte posterior del apartamento. “¡Tiene que ver esto!”. Cruz y Marlowe se dirigen hacia el cuarto. En su interior, en la esquina derecha, debajo de una pequeña ventana que da hacia una calle paralela, hay una caja de cartón con piso de arena. La arena tiene ahora una coloración oscura en varios lugares, formando manchas irregulares. En el centro de la caja hay un gato negro con el cuello cortado. La cabeza está casi desprendida del resto del cuerpo. Cruz mira a Marlowe incrédulo. “¿Qué tipo de loco es este?”, le dice. “Todavía no lo sé”, dice Marlowe, mientras camina buscando la puerta de salida del apartamento.

Publicado en Edición Nº231

Marcó esta entrega de los Premio Nobel la presencia de Patti Smith (uno de los pocos contrapuntos femeninos en el muy heteropatriarcal panorama de la velada) en representación de Dylan.

 


La emoción de la cantante Patti Smith ha contagiado este sábado a los asistentes a la ceremonia de entrega de los Nobel en Estocolmo, donde ha interpretado de manera muy sentida el tema “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” de Bob Dylan, galardonado con el premio de Literatura.


Una enorme ovación premió a la cantante estadounidense, de 69 años, que interrumpió la canción en una ocasión y tuvo un pequeño tropezón una segunda vez.


Vestida con un traje de pantalón y chaqueta negros y camisa blanca de largos puños, cantó acompañada únicamente por una guitarra el tema de Dylan, que tuvo que interrumpir. “Lo siento, lo siento, estoy nerviosa”, dijo la veterana artista.
La directora de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, la joven Marie Rosenmi, advirtió del error a la cantante, que pidió retomar la estrofa y recibió el primer aplauso del auditorio, entre los que estaban los reyes de Suecia, Silvia y Caros Gustavo, y la princesa heredera, Victoria, con su esposo, el príncipe Daniel.


Posteriormente, la cantante, embargada por la emoción, tuvo un segundo tropiezo con la larga y compleja letra de la canción de Dylan, pero supo reponerse para dar más potencia a su voz mientras algunos de los asistentes no podían retener las lágrimas.


El auditorio le dedicó una enorme ovación al finalizar un tema muy significativo en la carrera de Dylan, compuesto en 1963, un himno de la canción protesta que fue escrita en los años del miedo ante una posible guerra nuclear.


Es un tema repleto de visiones inquietantes, como la que habla de un recién nacido rodeado de lobos, y al que la cantante de Chicago (EEUU) imprimió de una gran emoción.


El rey Carlos Gustavo de Suecia ha sido el encargado de hacer entrega de los premios Nobel en Estocolmo en una ceremonia de la que tuvo que ser retirado uno de los premiados, el británico David Thouless, galardonado de Física junto a sus compatriotas Duncan Haldane y Michael Kosterlitz.

 

 


Bob Dylan agradece el Nobel: “Mis posibilidades de ganar eran tantas como

ir a la Luna”

 

El famoso discurso de agradecimiento de que prometió Dylan para que lo leyera Smith quedó para la privacidad del banquete real.Dylan no estaba presente para pronunciar el discurso de agradecimiento, cosa que hizo en su lugar la embajadora de EEUU en Suecia Azita Raji, pero aseguró que estaba “totalmente en espíritu” y que se sentía honrado por haber recibido “un premio tan prestigioso”.


Recibir el Premio Nobel de Literatura era algo “que nunca habría podido imaginar, ni verlo venir”, aseguró Dylan y recordó que desde pequeño ha “leído y absorbido” las obras de algunos laureados, “gigantes de la literatura” como Rudyart Kipling, George Bernard Shaw, Thomas Mann, Pearl S. Buck, Albert Camus o Ernest Hemingway.


“Que ahora yo me una a semejante lista de nombres realmente va más allá de las palabras”, afirmó el cantautor.
“Si alguien me hubiera dicho que tenía la más mínima oportunidad de ganar el Premio Nobel, habría pensado que tenía las mismas que de estar en la luna. De hecho, en el año en que nací (1943) y en otros después nadie en el mundo fue considerado lo bastante bueno para lograrlo”.


Sin embargo, “ni una sola vez he tenido tiempo de preguntarme: ‘¿son mis canciones literatura?”, aseguró Dylan, quien agradeció a la Academia Sueca “por tomarse el tiempo de considerar esa cuestión tan concreta y, en última instancia, por dar una respuesta tan maravillosa”.


El nuevo premio nobel señaló que sus canciones, que “son el centro vital de casi todo”, parece que “han encontrado un lugar en la vida de mucha gente en muchas culturas diferentes” y está agradecido por ello.


En su texto recordó que cuando empezó a escribir canciones, siendo adolescente, e incluso al tener algo de fama, soñar a lo grande suponía esperar grabar discos y que sus canciones sonaran en la radio, es decir, llegar “a una gran audiencia” y poder “seguir haciendo lo que te habías propuesto”.


Al final, ha grabado docenas de discos, tocado miles de conciertos en todo el mundo, “ante 50.000 personas, pero también ante 50” y aseguró que es “más difícil” hacerlo en el segundo caso.50.000 son una persona única, pero 50 no. “Cada persona tiene una identidad individual separada, un mundo dentro de ellas mismas. Pueden percibir las cosas con mayor claridad”. En ese caso, “se pone a prueba tu honestidad y cómo se relaciona con la profundidad de tu talento. El hecho de que el comité Nobel sea tan pequeño no me pasa desapercibido.”


Cuando Dylan supo que había logrado el Nobel, tras “más de varios minutos para procesarlo de manera adecuada”, se acordó de William Shakespeare y en las cosas que pensaría al escribir y poner en pie una obra, no solo desde el punto de vista de la escritura sino de detalles cotidianos.


“Apuesto a que la última cosa que Shakespeare tenía en mente era la pregunta de si esto es literatura”, indicó Dylan.Y como Shakespeare, el cantautor también está ocupado “con frecuencia” en la búsqueda de sus esfuerzos creativos y “lidiando con todos los aspectos mundanos de las cosas mundanas de la vida” como quiénes serán los mejores músicos para una canción o si está grabando en el estudio adecuado. Y es que -concluyó- hay cosas que “nunca cambian, ni en 400 años”.


También hubo una laudatio del comité literario de los Nobel, leída por el crítico e historiador sueco Horace Engdahl. El texto tuvo un tono de justificación y de autodisculpa ante el pequeño despropósito. “¿Qué causa los grandes cambios en el mundo de la literatura? A menudo suceden cuando alguien se apodera de una forma simple, pasada por alto, desechada como arte superior, y la hace mutar”, arrancó su intervención.


“Así, La Fontaine tomó las fábulas de los animales y Hans Christian Andersen los cuentos de hadas desde la guardería para llevarlos a las alturas de Parnaso. Cada vez que esto ocurre, nuestra idea de la literatura cambia”.
“En sí mismo, no debería causar tanto furor que un cantautor sea ahora receptor del Premio Nobel de literatura”, adujo Engdahl.


“En un pasado lejano, toda la poesía fue cantada o recitada melodiosamente y los poetas eran rapsodas, bardos, trovadores. Lyrics [“letras”, en inglés] viene de lira. Pero lo que Bob Dylan ha hecho no ha sido volver a los griegos o los provenzales”.


En su lugar, “se dedicó en cuerpo y alma a la música popular americana del siglo XX, la que sonaba en las estaciones de radio y en los discos de gramófono para la gente común, blanca y negra: canciones de protesta, country, blues, rock primitivo, gospel, música comercial. Escuchaba día y noche, probando el material en sus instrumentos, tratando de aprender”.


Pero cuando empezó a escribir canciones similares, éstas “salieron de otra manera. En sus manos, el material cambió. De lo que descubrió entre reliquias y chatarra, en la rima banal y el ingenio rápido, en las maldiciones y las oraciones piadosas, en las palabras dulces y las bromas crudas, él extrajo el oro de la poesía. Si fue a propósito o por accidente es irrelevante; toda la creatividad comienza en la imitación”.


Engdahl comparó su mito al de El holandés errante. “Él hace buenas rimas, dijo un crítico, explicando la grandeza. Y es verdad. Su rima es una sustancia alquímica que disuelve contextos para crear otros nuevos, difícilmente contenibles por el cerebro humano. Todo un shock. Con el público que esperaba cancioncitas pop-folk surgió un joven con una guitarra, fusionando el lenguaje de la calle y la Biblia en un compuesto que habría hecho que el fin del mundo parezca una repetición superflua”, tiró luego de hipérbole.


“Al mismo tiempo, cantó al amor con un poder de convicción que todos quieren poseer. De repente, gran parte de la poesía de los libros de nuestro mundo se sentía anémica, y las letras de canciones rutinarias que sus colegas seguían escribiendo eran como pólvora anticuada después de la invención de la dinamita”, añadió después, en una metáfora conectada con el impulsor de los premios.


“Pronto, la gente dejó de compararlo con Woody Guthrie y Hank Williams y se volvió a Blake, Rimbaud, Whitman, Shakespeare”.


“En el escenario más improbable de todos -el disco gramofónico comercial- devolvió al lenguaje de la poesía su estilo elevado, perdido desde los románticos”, prosiguió luego el discurso.


“No para cantar las eternidades, sino para hablar de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Como si el oráculo de Delfos leyera las noticias de la tarde”.Y en una nueva justificación, apuntó: “Reconocer la revolución al otorgar a Bob Dylan el Premio Nobel fue una decisión que sólo parecía atrevida de antemano y que ya resulta obvia. ¿Pero ha sido premiado por trastornar el sistema de la literatura? Realmente no”.


La explicación es la que dio en su momento Nicolas Chamfort: “¿Qué importa el rango de una obra cuando su belleza es del más alto rango?”.


Ésa “es la respuesta directa a la pregunta de cómo Bob Dylan está dentro de la literatura: igual que la belleza de sus canciones es del más alto rango”.


Por eso, sostiene la academia sueca, “a través de su obra, Bob Dylan ha cambiado nuestra idea de lo que la poesía puede ser y cómo puede funcionar. Es un cantante digno de un lugar al lado de los ‘aoidoi’ griegos, junto a Ovidio, junto a los visionarios románticos, junto a los reyes y reinas del blues, junto a los maestros olvidados de los ‘standards’ brillantes”. Y un último recado: “Si la gente del mundo literario se queja, hay que recordarles que los dioses no escriben, sino que bailan y cantan”.

 

10 diciembre 2016
(Tomado de EFE y El Mundo)

 

 

Publicado en Internacional
Lunes, 28 Noviembre 2016 14:44

Crímenes sublimes

Capítulo 7

 

Donde antes se concentraba el lumpen de la ciudad, formando a su vez una pequeña ciudad paralela construida con restos de basura, cajas de cartón y tejas de zinc destrozadas, hay ahora una plaza en forma circular con caminos en cemento, estatuas abstractas y árboles de media altura. El progreso, vestido con el uniforme de la fuerza de choque policial, desplazó al lumpen que ahora deambula por otros barrios y duerme debajo de los puentes o en el espacio que dejan algunas casas y edificios frente a la acera. Junto a esta nueva plaza, en una construcción de una sola planta, pintada de color rosado, funcionan las instalaciones de Medicina Legal.

 

Son casi las diez de la noche cuando Marlowe entra al lugar y sigue directamente a la sala de autopsias. Dos potentes lámparas fluorescentes arrojan una luz blanca hacia el cadáver sobre la mesa en el centro de la sala. Otras cuatro mesas, dos a cada lado de la mesa del centro, con cadáveres tapados con una manta blanca ocupan el resto del espacio. Un hombre de unos sesenta años, de pelo y barba blanca hace anotaciones en un block que sostiene en un soporte de madera en la mano derecha. “¿Cómo andas Estévez?”, dice Marlowe al entrar. El hombre de barba blanca ni siquiera se voltea para verlo. “Feliz, como siempre. ¿Qué te trae esta vez por aquí o es sólo por placer?”. “Ya te dije que no quiero volver hablar de ese asunto, ¿entendido?”. “Tranquilo, es una broma, relájate”. “¿Encontraste algo raro en la autopsia de este tipo?”, dice Marlowe mirando hacia el cadáver de Zubiria acostado boca abajo sobre la mesa. “Mira esto” dice Estévez mientras le muestra el lugar de una herida profunda en la parte baja de la espalda. “¿Y?”, dice Marlowe. “¿Qué tipo de arma puede producir esa forma? No es un cuchillo normal, una navaja, un destornillador, un picahielos, nada que se le parezca.” “Yo no soy el experto”. “Bueno, después de hacer una investigación en mis archivos logré descubrir el tipo de arma usado en el crimen y no lo vas a creer...”. “No estoy para misterios Estévez, tengo sueño, hambre y dolor en la espalda, así que vayamos al punto”. “Ese tipo de herida debe haber sido causada por un arma antigua, una pequeña cimitarra, similar a las acinacoe persas o las sicoe romanas”. “Mi griego no es muy bueno Estévez, ¿qué mierda significa eso?”. “No lo sé exactamente, tú eres el detective. Parece que tu asesino tiene algún gusto particular por las antigüedades. Pero hay algo más interesante”. Marlowe espera que Estévez continúe y al mismo tiempo observa de reojo el cadáver de Zubiria. Sin que pueda evitarlo su mirada empieza a recorrer lentamente el cuerpo desnudo sobre la mesa de aluminio lo que le proporciona las primeras punzadas de placer localizadas en la boca del estómago. Marlowe debe hacer un esfuerzo para concentrarse nuevamente en las palabras del médico que parecen venir de un lugar distante. “Ese tipo de arma era usada por los Sicarios Judíos, un grupo de asesinos que actuaba en Siria durante los primeros años del Emperador Nerón. ¿Y adivina cuál era el método usado en los asesinatos de los Sicarios Judíos?”. “Asesinaban en medio a la multitud”, dice Marlowe con desgano. “¡Exacto detective! La multitud les servía de cómplice como la oscuridad en un callejón solitario. Los Sicarios Judíos consideraban que las grandes multitudes eran una especie de densa oscuridad donde no era posible descubrir quién había dado el golpe mortal. El historiador romano Josefo afirma que fue de este modo, en medio a la gran fiesta pascual en Jerusalén como asesinaron a Jonatán el Máximo Pontífice”. “Interesante”, dice Marlowe mientras camina hacia la puerta, no sin antes darle una última mirada a la espalda desnuda sobre la mesa. “Ah, otra cosa”, dice, “¿has oído hablar de un tal De Quincey?”. “¿Thomas De Quincey, el periodista?”. “El filósofo”, dice Marlowe. “Sí, también es periodista y escritor. Tiene una columna de crónica roja en El Espacio. Firma con el seudónimo de Thurtel. Creo que te gustarían sus detalladas descripciones de los crímenes. Pasa frecuentemente por aquí para tomar fotografías. Un tipo algo excéntrico, si me permites usar esta palabra. ¿Por qué?”. La pregunta de Estévez se queda sin respuesta, flotando en el aire como las partículas de polvo que se reflejan bajo la luz de las lámparas fluorescentes del techo.

Publicado en Edición Nº230

“Pedro Páramo, una manzana de oro que ya nadie puede tocar”, sentenció

Sólo García Márquez pudo hacer esa literatura, aseguró. Ambos, libros venerables, que "aún nos dicen cosas nuevas"

Guadalajara, Jal.

En la mesa dedicada al boom latinoamericano que organizó el Fondo de Cultura Económica (FCE), el escritor Sergio Ramírez se dijo absolutamente sorprendido de cómo autores como Juan Rulfo vinieron a reivindicar la literatura de esta región del planeta con estructuras totalmente novedosas en temáticas que parecían agotadas.

"Cuando uno ve un bordado ve las flores bonitas, pero cuando se asoma al otro lado del bastidor lo que ve son las puntadas y uno, como escritor, es eso lo que busca. Yo las encontré con Rulfo, de la literatura que veníamos era la vernácula, localista regionalista", dijo.

Recordó que en la literatura anterior a los años 50 del siglo pasado, cuando los campesinos o los indígenas hablaban en las historias, el autor solía poner sus palabras entre comillas, una forma de tomar distancia y remarcar que el escritor no era el que hablaba así.

“Rulfo borra completamente esa distancia; para mí esa fue una nueva manera de ver y abordar nuestra realidad. Cuando uno se fija en la maravilla que es Pedro Páramo, libro pequeñito que no era La guerra y la paz o El conde de Montecristo, nota que es un libro breve, que para unos escritores está lleno de muchísimas enseñanzas”, explicó.

Dijo que la sencillez con que se inicia la narración de Pedro Páramo, la voz de un arriero que dice haber llegado a Comala porque le dijeron que ahí vivía un tal Pedro Páramo, poco a poco adquiere otro sentido cuando el lector se da cuenta de que todos los que hablan están muertos, que es un libro contado por muertos, por voces de gente enterrada, que por aburrimiento se pone a contar cosas del pueblo.

“Se trató de una manera absolutamente distinta de narrar y de la cual se podía aprender muchísimo, pero entre la última gran novela vernácula que se escribe en América Latina, que es Pedro Páramo, y la primera urbana, que es La región más transparente, de Carlos Fuentes, sólo median dos o tres años.”

En su reflexión, Ramírez recordó que Fuentes escribió alguna vez diciendo que Pedro Páramo era como "una manzana de oro" y que ya nadie podría volver a tocarla, pues con esa obra se había cerrado esa literatura.

“El único que pudo abrir otra vez ese cofre cerrado fue Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, novela absolutamente rural con los mismos elementos tradicionales de guerras civiles. Así como tuvimos un ciclo de novela bananera en la primera mitad del siglo, porque la United Fruit Company reinaba, también podríamos decir que Cien años de soledad es bananera, por la masacre de la ciénega ejecutada por el ejército de Colombia”, agregó.

Señaló que por eso, aunque sea la misma materia prima, el lenguaje y estructura de ambas obras es lo que las hizo diferentes; nuevas novelas, a pesar que se trata, a estas alturas, de libros muy venerables, que forman parte del canon universal, pues, aunque una ya cumplió 60 años y la otra está por cumplir 50, "nos siguen diciendo cosas nuevas".

El escritor nicaragüense dijo que para los escritores Cien años de soledad fue “veneno puro, ya que la influencia de García Márquez va más allá de simple influencia y logra que se le trate de imitar, como ha habido muchísimos ejemplos, sobre todo en la literatura europea reciente.

“Pero un escritor del que nunca tuve temor de contaminarme es de Mario Vargas Llosa, porque él siempre enseñaba cómo están las puntadas al revés del bordado; es toda una escuela de estructura y de aprender a escribir. La modernidad, realmente, de cómo comenzar a escribir en espacios y tiempos continuos, estaba en Vargas Llosa, y ya no se diga en Conversación en la catedral o La casa verde, grandes obras maestras.”

Deuda impagable

En su disertación, Ramírez estuvo acompañado por Adriana Romero Nieto, Fernando Iwasaki y Guadalupe Nettel, quienes señalaron la importancia que Vargas Llosa y García Márquez tuvieron para definir su vocación de escritores y afirmar su gusto por la lectura.

"Fuimos abducidos por la magia de la literatura. La deuda que tenemos con esa generación es impagable", expresó Iwasaki.

Nettel, en cambio, quien se dijo seducida por la primera novela que leyó, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, encontró entre los claroscuros del boom latinoamericano el impulso viril de esa literatura, una "actitud profundamente machista" dentro de ese movimiento, pues no hubo escritoras que formaran parte de él.

Publicado en Cultura
Jueves, 24 Noviembre 2016 06:26

Música y letra

Rubén Darío fue un músico que, como él mismo dice, vivía "loco de armonía". No lo ocultaba. En su novela inconclusa El oro de Mallorca, el protagonista es un famoso compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, pero de inmediato reconocemos que se trata de él mismo, disfrazado así para hacer una confesión autobiográfica, amarga y triste. O más bien que un disfraz, es su verdadera alma la que muestra en esos capítulos. El alma del músico que siempre cargó con su piano Pleyel, y que terminó perdiendo en una casa de empeño, agobiado por las deudas.

Su preferido entre los personajes de la mitología griega es Orfeo, músico, y entre los dioses del panteón latino, Pan, músico también. Y su poesía que más nos gusta, la que entra por el oído, es pura música, si no oigamos los compases que tiene la Marcha Triunfal, clarines, trompetas de guerra, y donde los timbales marcan el ritmo en el desfile de los vencedores.

Y aquel poema A Margarita: ¿Recuerdas que querías ser una Margarita/ Gautier? Fijo en mi mente tu extraño rostro está,/ cuando cenamos juntos, en la primera cita,/ en una noche alegre que nunca volverá... tiene la medida y la cadencia de un tango. Sin olvidar que Borges escribió letras de milongas, a las que Piazzola puso música.

Pero contra lo que alguien pudiera pensar, en la prosa tiene que haber música, y el que escribe en prosa debe tener oído musical, para la melodía y para el ritmo. Esto podría parecer contradictorio en mi caso, pues mi tío Alberto Ramírez, chelista y compositor de boleros, nos declaró sordos a mi hermana Luisa y a mí tras sus esfuerzos frustrados en enseñarnos solfeo. Quizás era el horario de las lecciones. Las dos de la tarde es la peor hora para enseñar a solfear, igual que para aprender mecanografía, en lo que también fracasé, pues nunca aprendí a escribir con todos los dedos, como Dios manda, sino que me quedé usando los dos índices que picotean en el teclado, un anacronismo en esta era de los dedos pulgares.

Desde entonces he inventado la teoría, muy a mi favor, de que hay dos oídos: el que reproduce entonando, en lo cual confieso mi sordera, pues si me atrevo a cantar lo hago en un solo tono, y el oído que oye y puede recordar un quinteto de cuerdas o una sinfonía a la primera frase, el mismo oído que distingue los compases de un tango o de un bolero y reconoce cada instrumento en un concierto, y sobre todo, el que me da la medida al escribir.

Vengo de una familia de músicos, abuelo y tíos paternos, todos miembros de una orquesta, y esa es mi vena artística, mi punto de partida. No me son extraños los monótonos ejercicios de clarinete de mi tío Carlos José en las tardes tranquilas de Masatepe, ni la figura de mi abuelo Lisandro inclinado sobre el papel pautado que él mismo rayaba con un curioso instrumento de cinco filos al que llamaba "pata", componiendo tal como se lo dictaba su cabeza, porque nunca pudo ser dueño de un piano.

Músicos pobres, pero que hallaban siempre felicidad en los "toques", esos viajes a caballo por los pueblos vecinos tocando en las misas de gloria, los rosarios rumbosos y las procesiones, lo mismo que en las barreras de toros y en bailes de gala; o ponían serenatas persiguiendo amoríos.

La literatura se emparenta, pues, con la música, o mejor dicho, ambas comparten la misma sustancia. Y un buen ejemplo es el nicaragüense Carlos Mejía Godoy, quien recibe este mes en Las Vegas el premio Grammy Latino que le ha sido otorgado en reconocimiento a su carrera de compositor, palabra que hay que descomponer de manera debida, en su sentido completo: compositor es el que crea música y letra. Es decir, un artista que sabe oír y sabe escribir. Y al escribir, lo hace en pocas líneas, para lo cual se precisa de maestría.

La polvareda que despertó la concesión del premio Nobel de Literatura a Bob Dylan aún no se asienta, y yo siento que Leonard Cohen se haya muerto sin recibirlo. Si se trata de premios literarios, además de musicales, como el Grammy, Carlos Mejía Godoy merecería más de uno, igual que Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, Silvio Rodríguez o Pablo Milanés. Todos ellos son poetas de la altura de Jacques Prévert, quien escribió la letra de Hojas muertas, o el poema que fue a dar a la canción. Un poema que cubre toda la melodía, igual que Volvió una noche, de Alfredo Lepera, en la voz de Carlos Gardel.

Conocí a Carlos en León en 1960. Yo estudiaba derecho y él llegó a estudiar medicina. Recuerdo un viaje que hicimos una noche a la playa de Poneloya a bordo de un jeep sin techo, de aquellos de la Segunda Guerra Mundial; los dos atrás, hablando de música. Para entonces él empezaba a componer y yo a escribir, dos caras de la misma moneda, y él asegura que critiqué mal una de sus canciones primerizas. Cada vez que me lo recuerda, entre risas, yo prefiero responderle que ese episodio nunca existió.

La imagen de Carlos es inseparable de su acordeón, pero entonces tocaba también el serrucho, al que sacaba arpegios de película de vampiros. Su obra empezaba apenas a crecer, y hoy sus centenares de canciones tocan sentimientos de nostalgia y rebeldía que componen lo que podría llamarse el alma nacional de Nicaragua. Él le puso música y letra a la revolución, sin cuya música aquella gesta de todos no se explica, como tampoco se explica sin la poesía de Ernesto Cardenal.

Bastaría la Misa campesina para que su obra quedara en la memoria. La grabación de 1979, en la que entra la Orquesta Sinfónica de Londres, con las voces de Miguel Bosé, Ana Belén, Sergio y Estíbaliz, hay que oírla siempre.

Carlos es un poeta con los dedos en las teclas del acordeón.

sergioramirez.com

Publicado en Cultura

Manuel Zapata Olivella se movió en muchas prácticas discursivas, en muchos saberes, siendo él mismo una red para que autores, escuelas, pensamientos y tendencias establecieran un diálogo multi, inter, pluricultural de Colombia para la América, indo, afro, iberoamérica vía el Caribe, y camino a Estados Unidos; y desde allí para el África Sub-sahariana, el África como padre y madre, donde la aventura humana del antropos (homosapiens, demens, ludens) en su manifestación física fuese un hecho. Allí, puede decirse, empezó todo. Es por ello que titulamos a estas memorias de coloquio internacional, “Un legado intercultural. Perspectiva intelectual, literaria y política de un afrocolombiano cosmopolita”, pues lo más característico de él fue propiciar diálogos y entrecruzar los saberes, desde donde Zapata Olivella ejerció maestría, inteligencia y creatividad.

Un novelista universal y un literato cosmopolita. “Todo le interesaba”, como dijo Ernesto Sábato de sí mismo; cosmopolita como Edgar Morín o Enrique Dussel. El mensaje de su obra, de su pensamiento y reflexión a la humanidad y del destino del ser humano en su conjunto, con sus valores y cosmovisiones, es lo más palmario y característico en él; y fue esa la razón porque le llamé un humanista de la diáspora afro, llevando un mensaje de fraternidad para la especie desde la filosofía del Muntu.

 

 
Adquirir en librería Virtual.

 

 

Informes-Pedidos:

 

Transv 22 N 53D-42. Int 102 (Bogotá)

Carrera 48 N 59-52 Of. 105 (Medellín)

E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. (todas las ciudades)

Teléfonos: 345 18 08 / 217 89 92 (Bogotà y otras ciudades) / 291 09 69 (Medellìn)

Whatsapp: 3204835609

Facebook : http://bit.ly/2bwXbER

 

 

Publicado en Persistente memoria
Página 1 de 20