Viernes, 28 Abril 2017 15:19

Crímenes sublimes

Capítulo 11

 

Antes de subir a su auto Marlowe marca un número en su celular. “Alicia, ¿pudiste averiguar la dirección que te pedí?”. “Marlowe, no me digas que hoy tampoco vas a venir a la oficina. El jefe te anda preguntando”. “Dile que sigo en el último caso. ¿La dirección?”. “Mira, no fue fácil conseguirla, todo lo que rodea este tipo es bastante misterioso. La secretaria de la Facultad dice que no está segura que sea la dirección de su residencia, pero es a donde le envían la correspondencia: Calle 33, número 16-88”. “Gracias Alicia”, dice Marlowe y cuelga el teléfono.

 

Después de una hora luchando con otros conductores en medio a un tráfico infernal, Marlowe estaciona frente al lugar indicado. El número corresponde a una casa antigua de una sola planta con un pequeño jardín delantero. Las paredes del frente son de ladrillo a la vista y en algunos lugares están cubiertas por una hiedra mal cuidada. Las cortinas de las ventanas del frente están cerradas. Marlowe toca el timbre dos veces. Espera un poco pero no parece haber ningún movimiento en la casa, como lo esperaba. Intenta darle la vuelta a la cerradura pero no cede. Mira a ambos lados de la calle y no ve a nadie. Camina rodeando la casa hasta la parte posterior. Allí hay otro jardín más descuidado que el anterior. Dos sillas de madera a punto de quebrarse en medio a la hierba crecida completan la sensación de abandono y decadencia. Marlowe se acerca a la puerta de atrás de la casa e intenta abrirla pero tampoco cede. Se quita el sobretodo y le da varias vueltas alrededor de su brazo derecho. Luego le da un golpe con el codo a la ventana superior de la puerta quebrando el vidrio. Algunos restos caen al suelo haciendo un ruido seco que se pierde en el vacío del jardín. Marlowe mete la mano por el hueco de la ventana y le quita el seguro a la puerta.

 

La casa está en silencio y en penumbra. Hay un olor fuerte y desagradable, como si el aire no hubiera circulado en el lugar hace tiempo. A la derecha hay una cocina pequeña y desordenada. Hay platos sucios con algunos restos de comida. Dos cucarachas de tamaño considerable caminan tranquilamente sobre los platos. Cerca de la cocina hay una mesa de madera de cuatro puestos. Sobre la mesa hay varios libros y cuadernos abiertos y una máquina de escribir antigua. Un poco más adelante está la sala con un sofá de cuero y una poltrona junto a una lámpara de pie. A un lado del sofá hay un narguilé que aparenta bastante uso. Las paredes tienen estantes repletos de libros. Y hay varias columnas más de libros y periódicos por el piso. Hacia la derecha hay un corredor y dos puertas cerradas. Marlowe saca su pistola y le quita el seguro. Abre con cuidado la puerta de la derecha. Es el cuarto principal. Hay una cama de soltero en un extremo, más libros y ropa tirada por todas partes. Marlowe coloca su mano sobre la cama y la nota completamente fría. Sale del cuarto y abre la segunda puerta.

 


Marlowe no está incluido precisamente en la clase de personas que suelen asombrarse con facilidad pero la visión que tiene en frente logra causarle al menos un leve impacto. Todas las paredes del cuarto están repletas de fotografías de cuerpos ensangrentados o mutilados, noticias de crímenes, accidentes, masacres. Al lado de cada fotografía o de cada noticia de periódico hay papeles pegados a la pared con anotaciones a mano. Marlowe lee palabras como “sublime”, “perfecto”, “mediocre”, “grandioso”, “mal ejecutado”, “memorable”. Sobre un escritorio en la mitad del cuarto Marlowe ve un recorte de periódico con la noticia del asesinato de Zubiria y un signo de interrogación marcado a mano a un lado.

 

Antes de que pueda tomar el recorte de la mesa siente el caño frío de una pistola en su nuca. “Coloque el arma sobre la mesa”, dice una voz firme y contundente a su espalda. Marlowe obedece. “Identifíquese”. “Phillip Marlowe, detective de la policía Metropolitana”. El hombre revisa los bolsillos de Marlowe y saca su billetera. Después de confirmar la información baja el arma de su nuca y permite que Marlowe se voltee aunque no deja de apuntarle. Es un tipo alto, un poco más alto que Marlowe, de complexión gruesa. Tiene la piel clara y ojos verdes. El pelo muy corto, cejas espesas y nariz aguileña. “¿Qué está haciendo aquí?” le dice. “Estoy acostumbrado a ser yo el que hace las preguntas”, dice Marlowe. “No se ponga con chistes estúpidos”. “Investigo un asesinato ¿y usted?”. El hombre saca un radio del bolsillo, dice el nombre y el número de la placa de Marlowe. Espera un poco. “Está limpio”, se escucha que alguien dice al otro lado. El hombre baja la pistola. “Se puede ir”, le dice en tono de orden. Marlowe mide por un instante la posibilidad de dominarlo pero se da cuenta que sería inútil. “Sólo por curiosidad”, dice antes de salir del cuarto, “¿por qué el ejército está tan interesado en la muerte de un filósofo?”. El hombre no dice nada y con la pistola en la mano le señala el camino hacia la puerta de la casa.

Publicado en Edición Nº234
Viernes, 21 Abril 2017 14:23

El que ya no vendrá

En el centenario de la muerte de José Enrique Rodó, cuánto queda de su legado en la cultura y la mente de sus compatriotas, y de aquellos otros americanos, herederos de España, a los que dedicó lo más significativo de su pensamiento.

 

El mote que durante un tiempo le había quedado asignado a José Enrique Rodó fue el de “Maestro de juventudes”. Hoy la evocación de su apellido trae de inmediato a la mente de un ciudadano de a pie, por asociación espontánea, un parque, una calle, un bar y un barrio montevideanos. Luego, y con un poco de esfuerzo, la misma mente podría lograr referir la figura de un intelectual y escritor de la generación del 900.

 

Por alguna razón, no estoy seguro de si político-partidaria, ideológica o de indiferencia o despreocupación generalizada, los niveles de visibilidad e invisibilidad de nuestros referentes culturales mantienen a José Enrique Rodó en un plano de nebulosa, en una especie de olvido por amnesia colectiva. Pero... ¿por qué suponer, de antemano, que este olvido es injusto? ¿Rodó sigue teniendo algo para decirnos?


EL PERIPLO DE UNA VIDA INTELECTUAL

 


Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo. En 1897 llevó adelante la publicación de una colección de opúscu­los literarios titulados “La vida nueva”: en el primero publicó “El que vendrá” y “La nueva novela”. En enero de 1900, en el tercero de estos opúsculos, se editó Ariel, que representó un éxito en el panorama intelectual hispanoamericano.


A partir de 1902, y durante dos períodos, ocupó una banca como diputado en la Cámara de Representantes. En 1906 salió Liberalismo y jacobinismo, un folleto donde reflexiona sobre la eliminación de los crucifijos en los hospitales. Más adelante, Pedro Díaz publicaría una contestación a este escrito de Rodó y se generaría una intensa polémica. También en 1906 fundó y presidió la Asociación Internacional de Prensa. En 1909 se publicó Motivos de Proteo y se agotó en una semana. Rodó ya era un intelectual de peso a nivel nacional y regional.


Su carácter melancólico, sin embargo, le jugó malas pasadas. En la primera década del siglo sufrió una crisis depresiva y sopesó la idea de suicidarse. Colaboró, entre tanto, con medios de prestigio, como Caras y Caretas, Plus Ultra y Diario del Plata. En 1913 salió a la luz El mirador de Próspero, un conjunto de artículos y ensayos históricos, literarios y sociológicos donde confirmó nuevamente la lucidez y el talento de su pluma. Pero conoció de cerca la pobreza. Los usureros lo rondaban para cobrarse sus préstamos, y muchas veces no tuvo para un par de zapatos o para el café.


El 1 de mayo de 1917, a las 10.15, falleció en Palermo (Italia), en el hospital San Severio. En 1950 hubo una rimbombante conmemoración por el cincuentenario de Ariel, su obra cumbre.


CALIBÁN TAMBIÉN EXISTE

 

El siglo XX hispanoamericano se inició, literalmente hablando, con la publicación de un texto que sentaría las bases de un proyecto, o más bien de una proyección cultural de suma importancia para el continente. Se trata de Ariel (1900), de José Enrique Rodó. Dice Alberto Methol Ferré: “Rodó es nuestro Fitche, y su Ariel el ‘Discurso a la nación latinoamericana’, en un plano ético e ideal. Fue un reguero de pólvora. Desde su balcanización, América Latina soñaba otra vez su unidad”.1


Dos años antes, en 1898, España había perdido su última colonia en América (Cuba) y comenzaba a tener lugar, por lo tanto, una atmósfera de libertad e independencia más auténtica. Sin embargo, al mismo tiempo, Estados Unidos llevaba a cabo invasiones a países latinoamericanos, acordes a la “doctrina Monroe”. Entonces irrumpe el discurso de Ariel, un texto a caballo entre la narrativa y el ensayo, con sutiles pinceladas de análisis cultural y sociológico. En breves palabras, se trata de la última lección que Próspero debe dictar a sus jóvenes alumnos, la esperanza del futuro, antes de despedirse de ellos. Y la lección consiste en el análisis del espíritu americano, que tiene sus raíces en la reflexión contemplativa latina, y que debe evitar el influjo cada vez más creciente de la sociedad estadounidense, de cariz pragmático-materialista. En síntesis, que Ariel debe resistir a las garras de Calibán. Todos los personajes que Rodó convierte en conceptos (Ariel, Calibán, Próspero) los toma prestados del drama shakespeariano La tempestad. Resulta curioso, en una primera instancia, que Rodó no recurriera a un escritor de un país de lengua romance para adoptar personajes que simbolizaran la crítica a la sociedad pragmática anglosajona. Un inglés tuvo que ser el modelo para criticar un aspecto de la cultura angloestadounidense. Raro y paradójico. Es cierto que los autores más mentados en Ariel son franceses (Renan y Guyau), pero los símbolos centrales son de la mente sajona de Shakespeare. Lo mismo sucede cuando Rodó, en el propio Ariel, analiza a Edgar Allan Poe: se ve obligado a decir que es una excepción en su sociedad. Tal vez el influjo de la cultura anglosajona no lleve necesariamente a las bajezas de Calibán, ni éstas sean necesariamente “bajezas”.


Al igual que las aclamaciones, las críticas no se demoraron. Alberto Zum Felde fue uno de sus grandes detractores: “El arielismo de Rodó no produce más que galanos declamadores del ideal, de la belleza, de la armonía, de la virtud; pero no suscitará ni un solo hombre mejor, ni será factor de una sola mejora social. Entre la prédica de Rodó y la vida real no hay relación alguna; por eso su idealismo es estéril. Su arielismo no tiene brazos ni piernas, por eso no anda ni labora. Es un ente paralítico con cabeza de dios griego. Para ser maestro de hombres le faltaba a Rodó una cualidad imprescindible: conocer a los hombres. Rodó era una mentalidad de gabinete, de aula, de libros. Sus conceptos de la vida y de los hombres los había extraído totalmente de sus libros de estudio. En el plano ideal y abstracto de las ideas, habíase así formado su noción de un hombre abstracto y convencional. Ignoraba al hombre real, vivo, en acción; y sobre todo al hombre moderno, tan complicado, tan diverso, tan multiforme”.2


Zum Felde propone entonces que no hay que despreciar a Calibán, que tiene un papel complementario en las dinámicas de la vida social. Y que Shakespeare se había dado cuenta de ello, no así Rodó: “El Próspero original, el de Shakespeare, buen conocedor del hombre, se sirve de Calibán, a quien domina con su ciencia mágica. Rodó no ha comprendido el secreto de Calibán, y lo excluye. Error fundamental, porque Ariel solo es como una cabeza sin cuerpo. Ariel necesita de Calibán. Calibán es la materia; y de materia estamos hechos, y en la materia obramos”.3


El cubano Roberto Fernández Retamar, en 1971, dirige su crítica en sentido análogo a la de Zum Felde: “Nuestro símbolo no es pues Ariel, como pensó Rodó, sino Calibán”,4 escribe en su ensayo titulado, precisamente, Calibán.


La lista de críticos de Rodó no culmina, si bien nadie alcanza el nivel de agonismo que adopta Zum Felde. El peruano Luis Alberto Sánchez evidencia los logros estéticos sin demasiado contenido conceptual en la prosa del autor de Ariel:“(...) en Rodó lo primordial, lo imperante, era la forma, muy por encima del pensamiento. Sarmiento, Martí, Prada, más que por cómo dicen, valen por lo que dicen. Rodó, fundamentalmente, no. De ahí que, en tiempos cargados de interrogantes y angustia como el nuestro, la juventud, a la que él tendió tan elocuente y reiteradamente los brazos, se le encoja y, si no rechazo, le demuestre público y casi unánime desapego”.5


Sánchez continúa su crítica, proclamando que Ariel presupone una visión elitista y antidemocrática en un momento en que Uruguay buscaba sentar las bases de las instituciones para evitar que el país continuara en un cúmulo de querellas civiles.


Y, para terminar con las aseveraciones de Sánchez, la siguiente cita resume la inadecuación de Ariel:“(...) no quiso ver más que meros dilemas ahí donde reinaba la complejidad. Por remarcar el materialismo de Calibán (Estados Unidos) exaltó en demasía el idealismo de Ariel (América Latina); divinizó la mistificación latinista de nuestros países mestizos; ilusionó a los jóvenes, haciéndoles creer en las grandes palabras antes que en los mezquinos hechos, y dio patente de idealismo a muchos oportunistas que se abroquelaban tras de aquellas declaraciones. No fue tal su propósito, por cierto, pero las prédicas se miden más bien por los efectos que por las intenciones de quienes las enuncian”.6


En el fondo la propuesta intelectual de Rodó fue una y sencilla: introdujo en el ambiente positivista uruguayo una variante, el neoidealismo.“Somos los neoidealistas”, dice en El mirador de Próspero. Sarah Bollo reafirma este concepto de “neoidealismo”, como una revitalización romántica, una nostalgia de la idea, en un contexto positivista y cientificista en lo epistémico, y una lengua modernista, fría, marmórea, distante, en poesía y estética.7

 

EL MESÍAS QUE VENDRÁ


Cuando Sánchez, al final de la cita previa, dice “prédicas”, utiliza la palabra justa. No solamente Rodó, sino gran parte de esa generación cumplió, según Ángel Rama, las funciones espirituales de guía mesiánica que ya la Iglesia, por impopularidad, no cumplía ni podía cumplir.


“La función ideologizante que germina entre los escritores de la modernización cumple el cometido fijado por sus maîtres penseursfranceses: Renan, Guyau, Bourget, etcétera. Al declinar las creencias religiosas bajo los embates científicos, los ideólogos rescatan, laicizándolo, su mensaje, componen una doctrina adaptada a la circunstancia y asumen, en remplazo de los sacerdotes, la conducción espiritual. La fórmula preferida de Rodó traduce el proyecto de su generación: ‘cura de almas’. Médicos que se aplican al espíritu, por lo tanto nuevos sacerdotes de la humanidad (...).”8


En este contexto de “maestros del pensamiento”, en esta caterva de sacerdotes laicos, cabe destacar el papel intelectual de un libertario como Carlos Vaz Ferreira, quien descreyó de ese rol rector de “un” letrado, de ese arcángel iluminador de las pobres mentes débiles: ese “el que vendrá” será, para Vaz Ferreira, “los más posibles”, una multitud que cambiará la estética por innovación espontánea, sin programas, reglas o fórmulas, a diferencia de lo que gustaba esperar Rodó: “El hermosísimo estudio de Rodó El que vendrá tiene indudablemente un defecto, que es el título: hacer suponer que debe venir uno, y que se necesita que venga uno a dar la fórmula; que vengan los más posibles –sobre todo si son genios– con los más modos posibles, que no conviene que sean fórmulas; y que tengan los menos discípulos o, en todo caso, los menos imitadores posibles”.9

 

LIBERAL, PERO NO TANTO

 

En la ya mentada polémica con Pedro Díaz, con motivo de la resolución tomada por la Comisión Nacional de Caridad y Beneficencia Pública de eliminar los crucifijos de las “casas de beneficencia”, Rodó manifestó una posición contrapuesta a la oficial, que lo alejó definitivamente del ala liberal más jacobina, que era la que, a juzgar por la resolución susodicha, predominaba en el liberalismo reinante en Uruguay.
El de Rodó siempre resultó ser un liberalismo a medias, condescendiente con el espíritu popular más afecto a las creencias religiosas y al conservadurismo moral; apoyó, por ejemplo, la dictadura de Juan Lindolfo Cuestas. José Pedro Barrán también lo considera un conservador.


Carlos Real de Azúa, justamente, define los “ideales” rodonianos como una convivencia forzada de elementos disímiles, o débilmente asociados:“Los ‘ideales’ resultan muchas veces sólo verbal, literaria, precariamente armonizados; están ‘asociados’, no ‘integrados’. Término medio religioso, filosófico y político: racionalismo-helenismo-cristianismo, aristocracia-democracia, se juntan mediante la treta ecléctica”.10
Esta “treta ecléctica” de su pensamiento es lo que, probablemente, empuje a Luis Alberto Sánchez (citado un poco más atrás) a expresar que el verdadero valor de los escritos de Rodó estriba en su estilo, en su forma, y no en su contenido, en lo que tiene para decir, que es siempre ambiguo.


EL ESTILO COMO (POSIBLE) LEGADO


Pasados cien años de la muerte de Rodó, no creo que sea desmedido suponer que el mayor valor de sus escritos radica en su estilo. Y no hay que malinterpretar esto: hay una connotación bastante negativa del “estilo” en un ambiente cultural como el nuestro, en el que los narradores más actuales han aprendido la concisión de la frase breve y ágil de estadounidenses como Raymond Carver o Bukowski. En este sentido, la obra de Rodó sigue siendo un llamado de atención para no olvidar que nuestras letras supieron alcanzar un nivel retórico y estilístico que no sería perjudicial que volviera a reactivarse, al menos en parte. La riqueza del lenguaje, su belleza y complejidad, son valores estéticos que pueden pensarse como fines en sí mismos, independientemente de contenidos e ideas.


No obstante, incluso en el ámbito estilístico se pueden plantear reparos a la prosa rodoniana. Hay en Rodó una desconfianza del español rioplatense: sus viajes finales, por ejemplo a Barcelona, confirman una visión apologética de la lengua castiza peninsular (o catalana, en este caso) contrapuesta a nuestro imperfecto, siempre imperfecto, idioma, derivado inculto de la casta dicción europea.


“He aquí que descubro mi apellido en la muestra de una casa de comercio, y por vez primera aprendo a pronunciarlo bien (...). Parece ser, según me explica concienzuda y prolijamente mi homónimo, que, en buena prosodia de esta lengua, la primera ‘o’ no suena como la clara y neta vocal castellana, sino de una manera que participaría de la ‘o’ y de la ‘u’. Agradezco la revelación de mi homónimo, y pienso cuán cierto es que cada hora trae una enseñanza.”11


La “revelación” del origen puro de su apellido sólo le confirma lo pútrido que devino en su pronunciación sudamericana.


Indica Bollo, en este mismo sentido, la devoción de Rodó por la lengua castiza: “Su léxico siempre fue castizo, rico, muy español”.12
Además, si bien Rodó no ignoraba lo que se escribía y discutía en su generación, siempre se sentía nostálgico de los aires culturales y la retórica desvencijada de la generación precedente, la del Ateneo: “El Ateneo era (...) el mausoleo de una época. La generación intelectual que le dio vida, provecta ya, entregada a la política, al foro, a la diplomacia, frecuentaba muy poco su recinto. La nueva generación no se congregaba en él. Y en su vasta biblioteca solitaria Rodó era el único visitante”.13


En este sentido, Rodó tiene un destino romántico de soledad similar al del Tabaré de Zorrilla de San Martín: es un indio de ojos celestes, ni pertenece totalmente al pueblo autóctono ni al conquistador; ni a la generación del Ateneo, que ya no existe, ni a la del 900, que es, en algún sentido, bastante más “moderna” que él.


Quizá Próspero se despide porque, luego de su discurso, ya no queda nada más para modificar o corregir: quiere que su despedida quede esculpida con una lección definitiva y eterna, “como el sello estampado en un convenio de sentimientos y de ideas”,14 dice en Ariel. Pero los sentimientos cambian, las ideas cambian, y su sello se diluye ante la fuerza del presente.

 

1. Alberto Methol Ferré, El Uruguay como problema. Montevideo: Hum, 2012, pág 97.
2. Uruguay Cortazzo, Zum Felde, crítico militante. Montevideo: Arca, 1981, págs 2-3.
3. Cortazzo, op cit, pág 4.
4. Roberto Fernández Retamar, Calibán. Montevideo: Aquí Testimonio, 1973, pág 31.
5. Luis Alberto Sánchez, Nueva historia de la literatura americana. Buenos Aires: Americalee, 1944, pág 333.
6. Sánchez, op cit, pág 335.
7. Sarah Bollo, Sobre José Enrique Rodó. Montevideo: Impresora Uruguaya SA, 1946, pág 35 y siguientes.
8. Ángel Rama, La ciudad letrada. Montevideo: Arca, 1998, págs 86-87.
9. Carlos Vaz Ferreira, Inéditos XXII. Montevideo: homenaje de la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, 1963, pág 20.
10. Carlos Real de Azúa, “Rodó en sus papeles” en Escritura, año 2, núm 3, Montevideo, pág 95.
11. José Enrique Rodó, El camino de Paros. Montevideo: Cedal, 1968, pág 15.
12. Bollo, op cit, pág 45.
13. Alberto Zum Felde, Proceso intelectual del Uruguay. Montevideo: Claridad, 1941, págs 227-228.
14. Rodó, Ariel. Buenos Aires: Kapelusz, 1962, pág 8.

Publicado en Cultura
Viernes, 14 Abril 2017 06:57

En el nombre del padre

Esta semana recién pasada hemos celebrado en San Salvador una jornada que viene a ser un preámbulo de Centroamérica Cuenta, el encuentro internacional de escritores que tendremos por quinta vez en Managua en mayo de este año. A esta primera jornada la hemos llamado En el nombre del padre, y sus fundamentos vale la pena contarlos.
En el encuentro de hace dos años tuvimos en Managua a los escritores colombianos Héctor Abad Faciolince y Juan Gabriel Vásquez, y una tarde, después de almorzar juntos, me tocó llevarlos a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, quien conduce el programa independiente de televisión Esta Semana.


En las paredes de la oficina de Carlos Fernando hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de las ruinas de Managua, devastada tras el terremoto de 1972. Viajaba siempre al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por la dictadura de la familia Somoza, y unos sicarios le cortaron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente, y el derrocamiento del asesino intelectual de Pedro Joaquín, el propio Anastasio Somoza.


Héctor recorrió las paredes, mirando cuidadosamente aquellas fotos. Estaba en la oficina de un hermano de sangre. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor apasionado de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín, por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño, el 25 de agosto de 1987.
Su muerte, como el mismo Héctor dice, no provocó una revolución; fue un asesinato entre miles durante aquel periodo terrible de la historia de Colombia. Pero sí dio pie a su formidable libro El olvido que seremos, que busca fijar en su propia memoria, y en la de los demás, la historia de aquel médico que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión, cuando la guerra sucia estaba instalada en las calles de Medellín.
Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Jorge Luis Borges que empieza: “ya somos el olvido que seremos...”. Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.


Héctor le pidió entonces a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre, y Carlos Fernando le hizo la narración. Escuchaba ávido, volvía a preguntar. Uno quiere saber siempre los detalles, nos dijo. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia. Eran hermanos de sangre.
En la mesa inaugural de la jornada que organizamos en San Salvador, y que me tocó moderar, sumamos a un tercer hermano de sangre, Alejandro Poma, para un diálogo entre los tres. Su padre, el empresario Roberto Poma, fue secuestrado el 27 de enero de 1977, en un operativo organizado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las facciones de la guerrilla salvadoreña, cuando estaba por estallar la guerra civil.


Herido durante el secuestro, murió en cautiverio, y aun así sus captores siguieron adelante las negociaciones con su familia para el cobro del rescate, que fue pagado. Casi dos meses después, fue descubierto el sitio donde había sido enterrado su cadáver.


En una de sus intervenciones durante la mesa, frente a un público variado y nutrido, Alejandro dijo que cuando asesinaron a su padre apenas tenía cuatro años, y a tan corta edad no es posible fijar detalles que uno pueda después recordar. Peor, hay una diferencia, para él sustancial, entre recuerdo y memoria. Él guarda la memoria de aquellos hechos, aunque no los recuerda, una memoria construida a lo largo de los años, cultivada con el ánimo de mirar hacia el futuro. Su convicción es que el futuro entre todos, en un país por años polarizado, no se puede construir con rencor.
En 2012, al celebrarse el vigésimo aniversario de los Acuerdos de Paz de Chapultepec que pusieron fin a la guerra civil, Alejandro había escrito en un artículo titulado Dejemos a la Paz en paz: Rompamos el ciclo vicioso del resentimiento y la acritud; rechacemos a todos aquellos que lo fomentan y manipulan en detrimento de la sociedad. Librémonos de las actitudes y prejuicios que nos mantienen anclados a los aspectos nocivos del pasado. Actuemos juntos para que éste sea el mejor legado a las futuras generaciones y un homenaje a los que se fueron y que hoy gozan de la Gloria de Dios.
Héctor, cuando se dio la amnistía que beneficiaba a los paramilitares, entre ellos los asesinos de su padre, la respaldó como una necesidad para conseguir la paz, igual que promovió el sí en el plebiscito de los Acuerdos de Paz negociados en La Habana entre el gobierno del presidente Santos y las FARC.


Aquella vez del primer encuentro en Managua entre Héctor y Carlos Fernando, antes de que entraran al estudio, Daniel Mordzinski, quien es el fotógrafo oficial de Centroamérica Cuenta, hizo salir a Carlos Fernando y a Héctor a un patio, y pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos. Y tomó la foto.


Ahora los hermanos de sangre son tres. Daniel está otra vez allí. Les pide que permanezcan en el escenario del teatro, vestido con cortinajes de cámara oscura, y que se agarren de los brazos, mirando a la cámara que va a dejarnos ésta imagen para siempre. Los hijos que han hablado en el nombre del padre.


San Salvador, abril 2017
sergioramirez.com
Facebook: escritorsergioramirez
Twitter: sergioramirezm
Instagram: sergioramirezmercado

Publicado en Cultura
Sábado, 25 Marzo 2017 10:06

Rifles por todos lados

Recuerdo la primera vez que me topé con Daniel Ángel, juntos, entrábamos a trabajar al instituto de don Pedro. La primera impresión que me llevé al ver al joven escritor fue esa, pensar que, por lo joven no sabía nada, pensé que en escritura todas me las sabía; pero cómo andaba de equivocado.

 

En el 2014, Daniel Ángel, al son de unas cervezas, me esbozó, lo que iba ser su obra maestra. Todo el argumento recogía la Guerra de los mil días, el bogotazo y parte de la vida del joven escritor. Aquella tarde escuché, asombrado, cómo iba a escribir capítulo por capítulo su novela épica colombiana.

 

Entre mi ignorancia le hacía preguntas escuetas, todo para concluir que, el proyecto iba viento en popa. Lo único que pensaba era que, a Daniel Ángel, le corría nuestra historia por las venas. Porque de algo que sufrimos los colombianos es de la peste del olvido y, el adagio popular dice: «que quien olvida su pasado tiende a repetirlo en un círculo vicioso». Y por lo visto a este joven escritor no le gustan para nada remachar las mismas historias.

 

Al año de este suceso, recibí vía mail, el primer boceto de la obra. Daniel Ángel me llamó. Me dijo que la leyera y que diera una opinión. Al principio fui reacio, nunca me ha exaltado la novela histórica. Duré, como mula resabiada, unos buenos días viendo el archivo en la pantalla de mi laptop. Sin embargo, razoné que esto no se le hace a un amigo de letras, así que, un sábado por la mañana comencé la empresa.

 

Rifles bajo la lluvia, el título me gustó. Linda metáfora del conflicto armado colombiano que llevamos a cuestas desde que Colombia es Colombia. Al introducirme en el primer diálogo no quise dejar de leer. Escrita de una manera sencilla y puntual. Entre más me iba introduciendo a la historia más me identificaba con Pablo, uno de sus protagonistas. Asimismo, me gustó la forma con qué nos cuenta, con horror, los asesinatos de la Guerra de los mil días. Y no sobra decir que no conocía, esta parte oscura del país. Jamás había leído a un general Uribe Uribe (no confundir con el Uribe de nuestra época) batallando por lo que Simón Bolívar alguna vez soñó. Fue bueno sentir la angustia de saber que esa Colombia pasada es la misma Colombia de nuestros días. Y luego, en medio de la lectura, ojear cómo se abre la burbuja del Bogotazo. Cincuenta años después de la Guerra de los mil días y volvemos a caer en la monotonía de la violencia. Sentir como mueren los personajes al frente de uno. Me sentí como un viajero del tiempo, incluso sentí la Calle Real de aquel tiempo, transportando en su tranvía a los cachacos urgidos de tiempo. Y, por último, primera vez que leo una historia humana y desgarradora. E imaginé por unos cuantos días su final sorprendente y revelador.

 

Eso es en resumen Rifles bajo la lluvia, un libreto escrito con pan y agua. Un libreto que debemos mascullar concienzudamente, ya que, nosotros, los colombianos, estamos girando y girando sin pensar que la historia se nos repite todos los días. Desde que leí la novela, creí que tal vez hay esperanza, que tal vez el cambio si lo debemos hacer nosotros. Con la lectura de Rifles bajo la lluvia se debe cortar de raíz la peste de la duplicación. Ha llegado por fin un libro que nos da una bofetada en la cara.

Publicado en Edición Nº233
Sábado, 25 Marzo 2017 09:59

Crímenes sublimes

Capítulo 10

 

Aunque el sol todavía no logra imponerse a la niebla, el día ya ha comenzado con toda su actividad frenética cuando Marlowe sale del edificio. Los trabajos en varias avenidas hacen que la ciudad parezca un inmenso laberinto en medio a un paisaje de posguerra. Cada nuevo desvío lleva a un nuevo congestionamiento. Algunos conductores irritados tocan la bocina desesperadamente como si eso sirviera de algo. En esos momentos especiales, Marlowe suele preguntarse por qué diablos dejó su soleada California para venir a parar a este infierno congelado del tercer mundo. Aunque en el fondo sepa muy bien los motivos y eso sea algo por lo cual no se siente particularmente orgulloso.

 

Después de casi una hora de viaje estaciona frente al edificio Solar en la esquina de la calle 12 con Avenida Jiménez. El edificio fue remodelado recientemente. Tiene la forma de un triángulo terminando de manera arredondeada en el vértice. La parte frontal del edificio está cubierta con grandes ventanales de vidrio lo que le da una apariencia moderna que contrasta con la arquitectura colonial de las casas vecinas. En el edificio funcionan varias firmas de abogados, consultores financieros y una agencia de viajes. Marlowe atraviesa la puerta giratoria y pregunta por Eduardo Contreras. El hombre de uniforme atrás del balcón de la recepción revisa un cuaderno cuadriculado de tapas rojas. “Oficina 618”, dice, “tiene que dejar un documento”. Marlowe le muestra la placa y el hombre asiente con una mirada cómplice.

 

Hombres de corbata impecablemente vestidos y mujeres de sastre oliendo a perfume caro suben con Marlowe en el ascensor. Todos permanecen en silencio. El ascensor para en el cuarto piso, algunos ocupantes salen y se despiden educadamente. En el sexto y antes de que la puerta se abra por completo Marlowe alcanza a ver la figura de un hombre que se precipita por las escaleras a toda velocidad. Marlowe sale del ascensor y comienza a correr detrás de él. A pesar del esfuerzo del hombre la distancia entre los dos se va haciendo cada vez más pequeña. El que corre adelante es un poco gordo, lleva saco y pantalón de color gris y unos zapatos negros de charol que no son los más indicados para escapar de una persecución policial. En el tercer piso el hombre gira sorpresivamente hacia el corredor tratando de alcanzar la puerta de servicio. En ese momento y haciendo un gran esfuerzo, Marlowe aprovecha para dar un salto y caer sobre él. “Estoy muy viejo para hacer esto”, piensa Marlowe sintiendo el dolor a un costado de la espalda. Los dos caen al piso y rápidamente Marlowe lo domina y lo levanta sujetándolo por las solapas del saco. “¿Por qué la prisa Contreras?”, le dice. “Por favor no me mate, yo no sé nada”, dice Contreras asustado. “¿Y por qué lo iba a matar?”. “Ya mataron a Carlos...”. “Cálmese, soy de la policía, no le va a pasar nada”. Contreras recupera un poco la calma y mira a Marlowe aún incrédulo. “Estoy investigando la muerte de Carlos, por eso estoy aquí”. Contreras respira tres veces de forma profunda y cierra los ojos un instante. Marlowe lo suelta. “¿Por qué Carlos se sentía amenazado?”. Contreras saca un pañuelo blanco del bolsillo de atrás de su pantalón y se seca el sudor de la frente. Después mira a ambos lados como si existiera la remota posibilidad de que alguien los estuviera escuchando. “Carlos me dijo que su profesor, el tipo que mataron en el centro, le había contado algo sobre un grupo...”. “Eso ya lo sé”, dice Marlowe impaciente, “necesito saber si Carlos le dio algún detalle que pueda ayudarnos a encontrar a esa gente, un nombre, un lugar de encuentro, cualquier cosa”. Contreras se queda pensativo un momento. “¿Pueden darme protección, al menos por un tiempo?”. “Veré qué se puede hacer”. “Zubiria llegó a decirle a Carlos dónde se reunía el grupo. Es un lugar en el barrio Cabrera, sobre la calle 86. Aparentemente es un bar-restaurante muy exclusivo, pero en el subsuelo funcionan varias salas clandestinas. En una de ellas se hacían las reuniones del grupo.” “Algo más. ¿Algún nombre?”. “Carlos siempre hablaba de De Quincey, decía que era el líder del grupo, nunca mencionó ningún otro nombre”. “Esta bien, llame a este número, pregunte por el subteniente García y dígale que llama de mi parte, él sabrá qué hacer”. Marlowe le entrega un papel con un número y baja por las escaleras hacia la salida del edificio.

Publicado en Edición Nº233
Jueves, 02 Marzo 2017 23:43

Crímenes sublimes. Capítulo 9

Al salir del apartamento Marlowe ve una mujer joven sentada en las escaleras. Tiene el rostro entre las manos y está totalmente quieta, como si durmiera o estuviera sin sentido. Marlowe se acerca un poco y la mujer levanta el rostro lentamente como si no entendiera nada de lo que está pasando. “¿Lo conocía?”, le dice Marlowe. La mujer tarda un poco en comprender la pregunta, como si Marlowe le hubiera hablado en otro idioma. “Sí, vivo aquí al lado”, dice levantando apenas el dedo índice de su mano derecha y señalando algún lugar indeterminado hacia el fondo del corredor. “Éramos amigos...”. La voz de la mujer se quiebra y mueve la cabeza de un lado a otro. “¿Él le había contado algo en los últimos días, alguna cosa por la que estuviera asustado?”. La mujer continua moviendo la cabeza y permanece en silencio. “Lo que pueda decirme será de gran ayuda para encontrar al responsable”. Ella levanta la cabeza y observa a Marlowe un instante. Tiene los ojos negros y grandes, la nariz un poco ancha y los labios gruesos. Algunas lágrimas aún permanecen a lado y lado de la nariz. Marlowe piensa en una actriz de Hollywood de los años cincuenta, pero no consigue recordar su nombre.

 

La mujer vuelve a taparse la cara con las manos y no dice nada. Marlowe se da la vuelta y da algunos pasos en dirección al ascensor. De repente siente la mujer a su lado. “Vamos, no quiero hablar aquí”, le dice en voz baja. Marlowe la sigue hasta una de las puertas, casi al final del corredor. La mujer saca una llave del bolsillo y abre la puerta.

 

El apartamento tiene la misma disposición del anterior, pero está decorado con mejor gusto. Los muebles del comedor y la sala tienen un diseño moderno y colorido. Una gruesa alfombra blanca ocupa casi todo el piso de la sala, lo que le da un aire cálido y acogedor. Las paredes están adornadas con fotografías en blanco y negro. Son fotografías de la ciudad, de personas en la calle, de edificios, de parques. Marlowe se queda mirando una fotografía donde un niño observa fijamente la cámara mientras al fondo se ve un panorama de desolación total. Parece un desierto, aunque Marlowe no está seguro. A un costado hay una torre de energía. Más al fondo algunos perros flacos y casi sin pelo. Los ojos del niño parecen traspasar la mirada de Marlowe que se siente por un momento fuera de sí. “¿Quiere tomar algo?”, dice la mujer sacando a Marlowe de su estado. “No, gracias”, dice Marlowe. “¿Las fotos son suyas?”. “Sí, es mi trabajo”, dice la mujer mientras se sirve un vaso de agua y lo bebe de un solo trago. “Carlos me dijo que tenía miedo”, dice de improviso, dejando el vaso sobre la mesa de la cocina. “Me dijo que su profesor le había confiado un secreto y que hubiera preferido no saber nada”. “¿Un secreto?”, dice Marlowe. “Algo sobre una sociedad, un grupo... yo pensé que exageraba, no lo tomé en serio. Carlos se había vuelto cada vez más paranoico. Creo que sus estudios lo habían vuelto así, desconfiado, asustado. Pero nunca pensé que pudiera pasarle algo...”. Ella vuelve a bajar la cabeza y se queda en silencio un instante. Luego mueve las manos en el aire como si tratara de alejar algún pensamiento y se incorpora. “¿Sabe si Carlos tenía algún otro amigo cercano, alguien a quien pudiera contarle lo que pasaba?”, dice Marlowe. “Tenía un buen amigo, lo encontré varias veces en su apartamento. Se llama Eduardo, Eduardo Contreras. Un amigo de los años del colegio.” “¿Sabe dónde puedo encontrarlo?”. “Creo que trabaja como ayudante de un abogado en el centro, en el edificio Solar”. “Muchas gracias. Le dejo mi número en caso de que recuerde algo, cualquier cosa que pueda servirnos”, dice Marlowe, aunque en el fondo está pensando tan solo en la posibilidad de volver a verla.

Publicado en Edición Nº232

 

La justicia de Nicaragua exige que el multipremiado poeta pague 800.000 dólares por una confusa causa de 2006 y la asociación mundial de escritores pide que "cesen los hostigamientos"

 

 La justicia de Nicaragua reanudó una demanda contra el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal por una supuesta multa de 800.000 dólares en concepto de “daños y perjuicios” por una disputa relacionada con la propiedad de unos terrenos del archipiélago de Solentiname, precisamente donde Cardenal escribió “El Evangelio en Solentiname” en 1975. El poeta ya denunció que este conflicto judicial es “una persecución política en su contra” y la asociación mundial de escritores, PEN Internacional, exhortó a las autoridades nicaragüenses a “cesar el hostigamiento”.

La causa contra el multipremiado poeta, autor de "Epigrama" y "Oración por Marilyn Monroe", se inició en 2005 por una demanda de Nubia del Socorro Arcia Mayorga, ex administradora del Hotel Mancarrón. Esta propiedad había sido una escuela construida por fondos de la cooperación alemana después de la dictadura de Anastasio Somoza, pero mucho antes del triunfo de la Revolución Sandinista había sido adquirida por Cardenal para fundar una comunidad de campesinos a quienes, además de enseñarles a leer y escribir, les enseñó pintura y artesanía.

En la década de los noventa, tras la derrota electoral del sandinismo, la Asociación para el Desarrollo de Solentiname decidió convertir las instalaciones de la escuela en un hotel, administrado por Alejandro Guevara, un campesino formado por Cardenal. Guevara murió y la asociación decidió nombrar a Arcia Mayorga, su viuda, como administradora. La mujer reclamó el hotel como herencia y en 2002 decidió demandar al poeta.

En 2008, la acusación llegó al climax y el poeta denunció en una carta pública que Ortega y su esposa, Rosario Murillo, estaban usando la querella legal para perseguirlo políticamente porque él había cortado todo vínculo con el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Cardenal se enteró el viernes pasado en La Gaceta, el diario oficial, que se le exige pagar una suma de 800 mil dólares, en concepto de indemnización por daños y perjuicios por supuesto incumplimiento de contrato a Arcia Mayorga. “La persecución política es incesable, las calumnias y falsas reclamaciones económicas, por una justicia subjetiva a los intereses políticos del actual gobierno Ortega/Murillo”, escribió a las pocas horas el poeta en su cuenta de Facebook. Y agregó: “Si yo guardo silencio ante semejantes ataques políticos, ¿quién será el siguiente?”.

En un comunicado, el PEN, presidido por la novelista Gioconda Belli, expresó su más “rotunda solidaridad” con el “ícono” de América Latina.“Creemos que sus posiciones valientes, directas y críticas a la situación de Nicaragua bajo el gobierno, desde 2007, de Daniel Ortega, son las que le han causado perjuicios y persecución", sostuvo la organización.

También el escritor Sergio Ramírez, premio Internacional Carlos Fuentes y Premio Alfaguara de Novela, deploró el fallo “por un proceso que le iniciaron hace tiempo”. “El poder quiere humillarlo y dejarlo en la calle. Su casa es el único bien que posee en esta tierra y cuando lo subasten, no servirá que sepan que por esa puerta pasaron Gunter Grass, Graham Greene, García Márquez o Julio Cortázar”, expresó Ramírez.

 

 

Publicado en Internacional

John Berger, escritor grande como una montaña y amigo muy querido, nos faltó el pasado 2 de enero.

Comienzo a escribir sobre él mientras vuelo de Lisboa a Milán, las dos ciudades en las que vivo. Me consuela recordarlo desde el cielo. Es la misma perspectiva que escogió John para dar voz a Odile, la narradora de Una vez en Europa y uno de los personajes más inolvidables de su inmensa obra. Ahora él ya no está en ninguna parte y está en todas partes. Tal vez, como escribió en Aquí nos vemos, hablando de la pintura rupestre del Cro-Magnon, fue a esconderse:

Para los nómadas, las nociones de pasado y futuro están subordinadas a la experiencia de alguna otra parte. Algo que ya se fue, o que es esperado, está oculto en algún otro lugar.

Para los cazadores y para sus presas esconderse bien es precondición de supervivencia. La vida depende de encontrar abrigo. Todo se esconde. Lo que se ha desvanecido fue a ocultarse. Una ausencia —como ocurre tras la partida de los muertos— se siente siempre como pérdida, pero no como un abandono. Los muertos se ocultan en alguna otra parte.

Ahora cada quien tendrá que buscarlo siguiendo las pistas que descubriremos en sus páginas, en sus dibujos, en sus películas, en los recuerdos, en los sueños.

A mediados de octubre del año pasado, la última vez que pasé algunos días con él en la casa de Antony cerca de las puertas de París en la que vivía de forma estable con su pareja Nella Bielski desde 2013, John me habló de un texto en el que estaba pensando. “Sabes”, me susurró con un tono conspirador, “quisiera reflexionar sobre qué se siente escribir una carta a mano, meterla en un sobre, pegar la estampilla, ir a la oficina de correo y mandarla”. “¿Y hablarás también sobre qué se siente recibirla?”, le pregunté, “una carta escrita a mano, tan llena del cuerpo, de la voz, de las manos de quien te la envió”. En ese momento recordé los afectuosos sobres de colores, algunos con dibujos, en ocasiones reutilizados, que había recibido de John en el curso de los últimos veintidós años, y me venía a la mente su caligrafía nítida y ligeramente vehemente, casi de prisa, impetuosa e impaciente como él, sólida y vivaz.

John Berger no tuvo tiempo de poner en papel ese texto y por lo tanto no lo recibiré, pero quiero contarles una historia hecha de coincidencias. Y las coincidencias, tan parecidas a citas con las personas y los lugares, son misteriosamente parecidas a una carta escrita a mano que te llega de un amigo querido y que te quiere.

Supe que John estaba mal el 26 de diciembre del año pasado. Su cuerpo de nonagenario, fuerte como un roble, cedió de golpe. Y sin embargo nadie se esperaba que, en sólo una semana, se habría ido a esconder con un salto de liebre o de rana, sin titubeos. Yo estaba en Lisboa, rodeada de las personas que más amo. Y Lisboa, como bien sabía John, es una ciudad particular. Él la había elegido como lugar narrativo donde encontrar a su madre, muerta diez años antes. Yo la reconocí hace tiempo como el lugar donde me gustaría morir, suave e irónica, ni aquí ni allá, en vilo, una tierra de paso. Fue aquí que, el 24 de enero de 2007, me llegó la noticia de la muerte de otro amigo querido, el escritor polaco Ryszard Kapuściński. Trece años antes, en Milán, había hecho que se encontraran y habían simpatizado de inmediato, Ryszard el marinero de las manos llenas de ámbar y John el montañés que cría abejas y hace que las vacas se reproduzcan.

Esa mañana llamé a John para decirle lo de Ryszard y más que nada, probablemente, para que me consolara. Él me dijo sin dudar: “Ve al Campo dos Mártires da Pátria y lo escucharás reír. ¡Ah, su increíble carcajada!”.

En el Campo dos Mártires da Pátria, donde se encuentran la Facultad de Medicina, el Instituto de Medicina Legal y la morgue, hay una prodigiosa escultura. Erigida sobre una columna marmórea de estilita, se alza la figura en bronce del doctor José Tomás de Sousa Martins, médico portugués que vivió entre 1843 y 1897, objeto de un vivaz culto popular debido a los milagros realizados en vida y después de la muerte. A los pies del monumento hay una miriada de lápidas, placas, ex votos, flores, un rumor de historias. John escribió sobre el doctor Martins en el texto dedicado a su madre, haciendo de él una irresistible y burlona figura de santo laico, enamorado de la vida, de la carne y del sexo. Allí, esa tarde, también yo reí mientras encendía una vela para Ryszard y la introducía con atención en esa especie de horno de carbón que protege las pequeñas flamas del viento inconstante del lugar.

El 31 de diciembre, diez años después, cuando supe que a John lo habían internado de nuevo y que su situación era de una gravedad extrema, retorné al Campo dos Mártires da Pátria y encendí una vela al doctor Martins para que lo ayudara a encontrar el camino más leve. Y me pareció verlo reír, guiñándome un ojo en un gesto de complicidad.

El 1 de enero cumplí sesenta y ocho años. El 2 murió John: una de sus infinitas “cortesías”.

Hace algunos días, en Lisboa, Paulo Branco, director del Lisbon&Estoril Film Festival, que en noviembre de 2015 había rendido un homenaje a John con una retrospectiva cinematográfica y una jornada de lecturas y música, quiso recordarlo mostrando las grabaciones del evento. John, acompañado por la cantante Yasmine Hamdan y el pianista Piotr Anderszewski, lee un fragmento de su texto sobre Lisboa. Sí, precisamente el que dedicó al doctor Martins. Vuelvo a escuchar su voz y sé, ahora, por qué se detuvo justo en ese punto.

Una vez encendidas, dijo ella, cualquier bien que puedan hacer lo hacen sin nosotros.

Por supuesto, susurré. Por supuesto.

Me di cuenta de que acababa de sufrir una pérdida, dijo.

Usted habla muy bien francés.

Trabajé en París. Limpiando casas. El año pasado cumplí cincuenta y cinco y me dije que era hora de regresar a Lisboa para siempre. Y mi marido también se vino.

¿Le puedo invitar un café para salirnos de la lluvia? No, en cuanto ponga mi vela debo volver a casa.

Tenía ojos azules en un rostro que era fuerte y a la vez desprotegido.

Es por mi marido, mi vela.

¿Está enfermo?

No, no está enfermo. Tuvo un accidente. Se cayó del tejado en el que estaba trabajando.

¿Está malherido?

Me clavó la vista en el pecho, cual si fuera el distante Mar de Paja. Entonces supe que su marido había muerto.

Debería haber traído paraguas, como yo, dijo. Y luego añadió: nuestras velas seguirán ardiendo y harán lo que puedan, sin nosotros.

Hace algunas noches John volvió a visitarme en un sueño, con un gran tazón de fresas recién cortadas. Nada de palabras, sólo un gesto de atención y consuelo: dos de los temas más fuertes de su obra. Unir, mantenerse juntos, no permitir que las pasiones tristes se sobrepongan y nos separen los unos de los otros, que nos hagan creer que estamos solos y que somos impotentes. ¿No es en la oscuridad donde maduran las semillas, y acaso no es en la oscuridad que se encuentra y se comparte la esperanza?

En un encuentro milanés en diciembre de 2007, pocos días antes de venir a México para participar en un congreso en la Selva Lacandona y encontrarse con el Subcomandante Marcos, hablando a un público de jóvenes, John dijo:

No debemos concentrarnos en discutir abstracciones, que pueden ser sólo una distracción, sino que debemos concentrarnos en las pequeñas —y en ocasiones grandes— opciones individuales y colectivas, porque es allí que yace la iniciativa. Ustedes podrían replicar: “eres realmente ingenuo, ¿con qué organización podemos hacer algo así? Parecería algo diminuto, entre nosotros, en familia”. Paciencia, paciencia, porque los grandes movimientos de la historia iniciaron siempre en esos pequeños paréntesis que llamamos “entretanto”. Dediquémonos a estar, a ser, en ese “entretanto”.

Se le podría llamar resistencia o bien cognición marxista de la historia y de sus tortuosos recorridos, sabiduría de un intelectual atípico que siempre puso en primer lugar la experiencia o la participación sin reservas en lo que nos hace —en el bien y en el mal— humanos.

Hace pocos meses John, que nunca pedía cosas para sí, que siempre se ponía en el lugar del otro, me preguntó si sería posible volver a publicar en Italia Un séptimo hombre (1974), que él consideraba su libro más importante. No por vanidad o egocentrismo, sino porque, con el tiempo, ese libro se había vuelto profético, transformándose en una especie de álbum de familia para los migrantes turcos, griegos, portugueses e italianos que en esos años se iban hacia el norte de Europa en busca de trabajo. ¿Podría ser posible pedir al alcalde o al médico de servicio de Lampedusa que acompañara esta nueva edición con sus palabras? Para hacer sentir menos solos, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, a los nuevos migrantes que buscan escapar de la pobreza y la guerra atravesando el Mediterráneo.

Ahora el libro existe y, desde hace algunas horas, lo tengo entre las manos. John no podrá verlo, pero sus páginas, escoltadas por las fotografías de Jean Mohr y por un texto de Pietro Bartolo, médico de Lampedusa, encontrarán una “casa” por sí solas, porque se dirigen íntimamente a quien ha vivido el desarraigo y la separación, entonces como ahora.

Traducción del italiano: Diego Tapia

|   Maria Nadotti, editora, periodista, narradora, consultora editorial y traductora, una de las amigas más cercanas de John Berger a quien editó y tradujo durante años, vive entre Milán y Lisboa. Es autora entre otros libros de Silenzio=Morte. Gli USA nel tempo dell’ AIDS, Sesso & Genere, Prove d’ascolto, Trasporti e traslochi. Raccontare John Berger, Necrologhi. En el sitio Doppiozero, tiene un blog llamado “in genere”.

Publicado en Cultura
Martes, 24 Enero 2017 15:50

Turbulencia y víspera

Todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía...

 

En menguante y en fragmentos
la certidumbre del final va lenta
desasida, con demora.

 

Omisión sin minuteros
del desboque que extenúe la infamia
a son de quimbrara quimbura cumbaquin van van.

 

Desteñida la desembocadura
carece de almendra, de ruta y de navío
/con afecto de la gente.
Huérfana del haz de las regiones
y del manojo de sectores nacionales.

 

Pecado y culpa de todos los matices
izquierda al revés en los peldaños,
y tenue tejer y destejer a tientas.

 

Contadita, ninguna vez cae para arriba,
con su indumentaria de absolutos
de frases hechas y encorvadas
sin deseos
por Sofía Loren y Charlotte Rampling.
Habitual justifica sus errores
sin enmienda
ni tribunal de autocrítica y descargos,
sin asir, la situación acusa y guarda gestos
factura y cuenta, de testigo y de doliente.

 

Exigua en arriesgo prospectivo,
y convocatoria de nación y gentilicio
sin cuño de resonancia y liderazgo.

 

Lateral, insensible al dolor y desarraigos
que conglutina en macizo los abajos,
con desvío del balón desde las cinco yardas.

 

Hoyo que despega
/el discurso de la llaga
y corta lazos,
con los urgentes desconsuelos de la gente
y la tristeza como una nube de mejillas negras.
Con el azoro de varados sin empleo
/en las viejas calles de los barrios,
y el llorar de familias inundadas cada año,
sin estreno de abarcas ni domingos
o con niños que salen duritos pa’l estudio.

 

Inservible sobrenada en minoría
la parte indigesta de sindicalismo falso
y el infructuoso fuelle de oenegés
cooptadas,
y hay reproche y margen de rechazo
a las vergüenzas y alegatos
de la oposición de izquierda pálida,
y al resbalo que arrastran los rebeldes
por sus yerros, transacciones indebidas
/y degradaciones del conflicto,

 

A-
la sin
llamar
verano,
vanidad
sin venia a
los consensos
amplios. Interrum-
pe y daña, hacer y recaer
conjugación en sus estuches
y pirámides de «vanguardia única»
excluyente, perforantes del vigor de las
~~~~~~~~~~~~~~ ondas populares
quedadas o inmóviles, en tamaño elemental.

 

Rótulo segmentador en altercados
que empaqueta, entibia
/suplanta y pone peaje
al misceláneo brotar de muchas voces
su acuarela
con poquita efervescencia.

 

Dictado que atrofia y ancla
al campo popular
/en trizas y calambre.
Conducta hijastra, frágil
de la «unidad» carente, ínfima
–sin pleonasmo: corpulenta–
raspada sólo con recelo,
que congela sin trofeo,
a la dócil manifestación,
∕al voto leve
y al insurgir de fusiles arrogantes.

Publicado en Edición Nº231
Martes, 24 Enero 2017 15:45

Capítulo 8

Marlowe no acababa aún de incorporarse de un sueño intranquilo donde se mezclaban imágenes del asesinato en medio a la manifestación, la sala de estudio en penumbra de la facultad de filosofía y el cadáver desnudo de Zubiria sobre la mesa de autopsias, cuando suena su teléfono celular. “¿Detective Marlowe?”, dice una voz desconocida para él del otro lado. “Sí, ¿qué pasa?”. El reloj sobre la mesa de noche marca las 4 y 20 de la mañana. “Soy Martín Cruz de la Estación Norte. Encontramos un cadáver esta madrugada que tal vez le interese.” “¿Y por qué podría interesarme?”, dice Marlowe alzando el tono de su voz. “El hombre tenía su tarjeta en el bolsillo”.

 

Dos patrullas de la policía, con las luces rojas del techo encendidas, permanecen estacionadas afuera de un edificio de clase media en el barrio El Polo, al norte de la ciudad, llamando la atención de los vecinos que se asoman por las puertas y ventanas de sus casas y apartamentos, algunos aún en pijama, otros listos para comenzar otro aburrido día de trabajo. Marlowe entró sin saludar a nadie. Se dirigió a uno de los policías de la entrada que interrogaba al portero del edificio mostrándole su placa. “¿Qué apartamento?”. “402”.

 

Al entrar la luz del flash de una cámara deslumbra momentáneamente a Marlowe. Poco a poco el contorno vuelve a hacerse perceptible y distingue el cuerpo de un hombre en un costado de la sala, junto a una mesa de madera de cuatro puestos con varios libros encima. La sangre, cerca a la cabeza y el cuello ha dejado una mancha oscura sobre un gastado tapete café. A un costado hay un estante con libros. En una esquina un pequeño televisor que a Marlowe le parece tan antiguo que piensa en imágenes en blanco y negro. El fotógrafo de la pericia continúa con su trabajo y el constante reflejo del flash hace que Marlowe tenga que cerrar los ojos con frecuencia.

 

“¿Lo conocía?”, dice el agente Cruz, un hombre de altura media, hombros anchos y rostro de facciones indígenas. “Levemente”, dice Marlowe mientras observa el cadáver. “Lo interrogué esta tarde por otro caso, ¿y eso?”, dice Marlowe señalando un enorme martillo a un lado del cadáver. “El arma del crimen probablemente”, dice Cruz. “Le dieron primero con el martillo en la cabeza y una vez inconsciente le abrieron la garganta con eso”. El agente Cruz señala una especie de bisturí antiguo untado de sangre que permanece a un lado del martillo como si hubiese sido colocado allí con cuidado, como piezas de un cuadro, o elementos de una instalación artística. Marlowe observa el martillo y ve que en la empuñadura están marcadas las letras “J.P.”

 

“¡Agente Cruz!”, grita alguien desde el cuarto de servicio, en la parte posterior del apartamento. “¡Tiene que ver esto!”. Cruz y Marlowe se dirigen hacia el cuarto. En su interior, en la esquina derecha, debajo de una pequeña ventana que da hacia una calle paralela, hay una caja de cartón con piso de arena. La arena tiene ahora una coloración oscura en varios lugares, formando manchas irregulares. En el centro de la caja hay un gato negro con el cuello cortado. La cabeza está casi desprendida del resto del cuerpo. Cruz mira a Marlowe incrédulo. “¿Qué tipo de loco es este?”, le dice. “Todavía no lo sé”, dice Marlowe, mientras camina buscando la puerta de salida del apartamento.

Publicado en Edición Nº231
Página 1 de 20