Medellín recibió 1,3 millones de visitantes durante el 2024, y para el año en curso espera que la cifra aumente en quinientos mil nuevos turistas, es decir, que alcance 1,8 millones de personas que la visiten. El gremio hotelero se frota las manos, la alcaldía saca pecho, y en muchas comunidades se lamentan por el encarecimiento en el costo de la canasta familiar generado por el arribo de tanto turista.
Sus rostros aparecen por todas partes y es claro que no son habitantes de la ciudad. Muchos deambulan en grupos numerosos, otros lo hacen en grupos de tres o cuatro personas. Van y vienen por los sitios que les recomiendan en las empresas de turismo, o lo que les indican las redes sociales como lo más representativo de la ciudad: el Museo Botero, la Comuna 13, El Poblado, las esculturas Botero instaladas en el centro de la capital paisa, la ruta del Tranvía, Laureles, y otros lugares más.
Para sorpresa de los oriundos de la ciudad, muchos turistas se quedan por meses e incluso, no pocos de ellos han radicado su residencia en Medellín. Algunas decenas habitan las ollas al quedar atrapados por el consumo de psicoactivos. Las consecuencias de todo ello no pasan desapercibidas y se sienten en la vida diaria de numerosas familias, como veremos más adelante.
Todo esto es el resultado de un proceso de transformación urbana promovido tanto por el gobierno local como por la empresa privada, de lo cual no queda excluido el actual gobierno nacional que ha enfocado en el turismo una de sus principales apuestas para el desarrollo económico del país.
Son decisiones políticas y económicas que, es tiempo de ser valoradas en profundidad por los gobernantes, los empresarios, como por la misma población de la ciudad, pues sus efectos negativos no quedan al margen, visibles en las profundas transformaciones y conflictos derivados de la expansión del turismo.
Hay que recordar que hasta hace algunas décadas, Medellín se proyectaba como una ciudad industrial y textil, con un modelo económico basado en la producción y la manufactura. No obstante, la transformación global de la producción fabril llevó a que quienes han tenido en sus manos el destino de esta urbe, optaran por abandonar la producción industrial y girarán hacia el área servicios, y hacia la especulación financiera. Los resultados están a la vista y merecen ser analizados y valorados en todas sus aristas. Acá abordamos algunos aspectos de manera inicial.
Desplazamiento de comunidades y reordenamiento del territorio
Uno de los impactos más notorios del turismo en Medellín es el cambio en los barrios que anteriormente eran populares y accesibles para la población local. Zonas como Laureles o la Comuna 13 han visto un aumento en los precios de la vivienda y los servicios debido a la alta demanda de alojamiento turístico.
Este proceso ha generado el desplazamiento interno de familias de bajos recursos, que ya no pueden costear los arriendos en sus propios barrios y solo tienen por opción alejarse lo que más se pueda de las zonas turísticas para encontrar precios accesibles. Además, el comercio tradicional ha sido reemplazado por negocios orientados al turismo, como bares, restaurantes y hostales, lo que modifica la dinámica social de las comunidades.
La capital paisa enfrenta un fenómeno de reordenamiento urbano, en el que grupos económicos y redes de poder legal e ilegal influyen en la transformación urbana. La especulación inmobiliaria y el turismo han sido utilizados como herramientas para justificar el desplazamiento de comunidades vulnerables, beneficiando a sectores económicos privilegiados. Este proceso se observa en la privatización de espacios públicos (Como las mismas escaleras eléctricas), el encarecimiento de la vivienda y la reconfiguración del uso del suelo, muchas veces en alianza con actores que controlan el territorio desde dinámicas informales o delictivas.
Un caso paradigmático es el barrio Laureles, que ha experimentado un incremento drástico en el costo de los arriendos debido a la alta demanda turística y la proliferación de alojamientos a corto plazo en plataformas digitales como Airbnb. Este fenómeno ha llevado a que residentes históricos del sector se vean obligados a abandonar sus viviendas, ya que los propietarios prefieren alquilarle a turistas por tarifas mucho más altas. Además, el crecimiento descontrolado del turismo ha transformado la vocación residencial del barrio en una zona de actividad comercial y nocturna, afectando la tranquilidad de sus habitantes. El encarecimiento de la vida cotidiana, sumado a la presión inmobiliaria, ha hecho que Laureles se convierta en un reflejo de la exclusión que produce el turismo desregulado en Medellín.
Otros barrios, como Manrique y Aranjuez, tradicionalmente sectores populares, están comenzando a experimentar un fenómeno similar. La llegada de inversionistas que buscan aprovechar el auge del turismo ha generado un alza en los precios del suelo y de los arriendos, afectando a sus tradicionales pobladores. Lo que antes eran comunidades con arraigo y redes de apoyo mutuo, ahora se enfrentan a un proceso de transformación que amenaza con desplazar a quienes no pueden adaptarse a los costos emergentes. En estos barrios, donde la vida de barrio solía ser una de sus principales características, la proliferación de nuevos alojamientos turísticos y la presión inmobiliaria empiezan a transformar su esencia y a incrementar la desigualdad en el acceso a la vivienda.
Aumento de la desigualdad y precarización del empleo
A su vez, el turismo en Medellín ha generado una creciente división social entre los extranjeros y los residentes locales. A los turistas se les trata como ciudadanos de primera categoría debido a su mayor poder adquisitivo, mientras que los habitantes locales quedan relegados a un segundo plano. En sectores como El Poblado, se observa una clara preferencia en la atención hacia los extranjeros, ya que suelen gastar más dinero, lo que ha llevado a la elevación de los precios en restaurantes, discotecas y comercios. Por ejemplo, una empanada en una cafetería de El Poblado puede costar hasta $7.000, mientras que en el centro de la ciudad una empanada de iguales características ronda los $3.500. Esta diferencia de precios refleja una economía orientada a maximizar las ganancias de la mano de los turistas, en detrimento de los residentes locales.
El sistema de transporte público también refleja esta desigualdad. Para los turistas, el metro de Medellín es un medio de transporte ideal, ya que suelen utilizarlo fuera de las horas pico y pueden disfrutar de su eficiencia. Sin embargo, para los residentes, el metro es un caos en los horarios de mayor afluencia, con estaciones y trenes colapsados. A pesar de estas fallas evidentes, muchos ciudadanos evitan criticar el sistema por miedo a afectar la imagen de la ciudad ante los turistas, generando un discurso que prioriza la promoción turística sobre las necesidades reales de movilidad de la población local.
Si bien el turismo ha generado en Medellín empleo, gran parte de los puestos generados son precarios y temporales. Muchos trabajadores del sector turístico se desempeñan en condiciones de informalidad, sin acceso a seguridad social ni garantías laborales. Además, los beneficios económicos del turismo tienden a concentrarse en manos de grandes empresarios y plataformas digitales, mientras que los trabajadores reciben salarios bajos y dependen de la inestabilidad de la industria.
Narcoturismo, turismo de fiesta y explotación sexual
A pesar de los intentos de la ciudad por diversificar su oferta turística, sigue siendo difícil atraer visitantes sin recurrir al morbo asociado al narcotráfico. La imagen de la otrora “Bella Villa” sigue fuertemente ligada a este fenómeno, reforzada por series de televisión y documentales que perpetúan el estigma. Mientras la narrativa mediática continúe exaltando esta parte de la historia, la ciudad enfrentará un desafío constante para ofrecer un turismo diferente que no se base en la violencia y la criminalidad. Muchos visitantes llegan a la ciudad motivados por el interés en la historia del narcotráfico, particularmente en la figura de Pablo Escobar. Esto ha dado lugar a la proliferación de recorridos y experiencias que explotan la historia de violencia del pasado sin un enfoque crítico, contribuyendo a la romantización del crimen.
Este auge turístico también ha traído consigo un incremento en el turismo de fiesta, especialmente en sectores como El Poblado, Provenza y el Parque Lleras. Estos espacios, que anteriormente tenían una vocación más residencial o comercial diversa, han sido transformados en epicentros de vida nocturna, nueva dinámica que ha generado un impacto negativo en la convivencia y seguridad de los residentes, quienes deben lidiar con altos niveles de ruido, riñas y el consumo desmedido de alcohol y drogas.
Como es conocido, pero no del todo reconocido, uno de los efectos más preocupantes de este fenómeno es el fortalecimiento de las redes de explotación sexual. Medellín se ha posicionado como un destino de turismo sexual, atrayendo a extranjeros en busca de experiencias con mujeres locales, muchas veces en condiciones de vulnerabilidad y explotación. La mercantilización del cuerpo de las mujeres, con impacto sobre niñas y menores de edad en general, ha dado lugar a un mercado clandestino que involucra trata de personas, prostitución forzada y abusos a granel. Además, este tipo de turismo refuerza estereotipos sobre la mujer paisa, hipersexualizándola y promoviendo una imagen de Medellín como una ciudad de fácil acceso a la prostitución y el placer prostituido.
Un caso emblemático de este fenómeno es el Parque Lleras, que ha cambiado drásticamente en los últimos años. Antes, un punto de encuentro gastronómico y cultural, ahora el parque se ha convertido en el epicentro del turismo de fiesta y comercio sexual. La proliferación de bares, discotecas y hoteles de paso ha desplazado el comercio tradicional y ha consolidado una economía nocturna donde la oferta de servicios sexuales es cada vez más visible.
La cultura y la identidad local
La creciente masificación del turismo también ha generado una transformación de la identidad cultural medellinense. Expresiones auténticas de la cultura paisa han sido mercantilizadas y convertidas en espectáculos para el consumo de los turistas. En lugares como la Comuna 13, el arte callejero, que en su origen era una forma de resistencia, expresión comunitaria y recuperación de la memoria, ha sido absorbido por el mercado turístico, perdiendo su esencia.
El Graffitour, una de las principales atracciones turísticas de esta Comuna, nació como una iniciativa para resignificar el territorio y mostrar su transformación social. Sin embargo, en los últimos años ha sido cooptado por el mercado turístico para convertirse en un recorrido que, en muchos casos, romantiza el pasado violento asociado al narcotráfico y oculta la relación de narcos, Estado y paramilitares. A esto se suma la imposición de vacunas en la Comuna a todos los espacios relacionados con el turismo, incluido el Graffitour, lo que refleja la persistencia de dinámicas de control territorial por parte de estructuras armadas no oficiales..
Esta paradoja es alarmante: un recorrido que en su origen buscaba demostrar que la violencia estaba perdiendo terreno en la Comuna, ahora es un espacio donde se siguen reproduciendo prácticas de extorsión, evidenciando que las estructuras de poder ilegal siguen vigentes, aunque bajo nuevas dinámicas.
De esta manera, una gran parte de los sectores no pudientes de la ciudad están padeciendo por el auge del turismo, un fenómeno que también propicia la transformación urbanística de la ciudad, dando motivo a los movimientos sociales para reflexionar sobre el qué hacer con esta realidad, defendida a capa y espada por quienes se lucran de la misma: el poder político que encabeza la administración local, el gremio turístico, los especuladores con la vivienda, las mafias de la prostitución y el narcotráfico, y otros tantos.
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